Relato 4: Un día cualquiera

Ya son las 20.40, me levanto de la mesa y me desperezo ruidosamente sin temor a que alguien me pueda escuchar. Solo yo quedo en la oficina. Recojo unos cuantas hojas que hay tiradas por encima de mi mesa y, después, voy hasta el perchero para recoger mi bolso y mi chaqueta.

Al salir, echo la llave a la puerta de cristal de la empresa multinacional en la que trabajo y me voy hacia el ascensor, para llamarlo desde la décima planta en la que estamos alojados.

“Un día más que veo marchar”, pienso entristecida.


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Suspiro profundamente. Todo el día entre papeles y llamadas. Más de veinte años en la misma mesa y en el mismo puesto de trabajo. Mis ganas por vivir se apagan con cada hora que pierdo ahí sentada pero…

“¿Qué voy a hacer?”, me pregunto para mis adentros.

Ya me queda poco muy poquito para jubilarme, tres añitos nada más… solo tres.

“Tan cerca pero a la vez tan lejos…”

Vuelvo a  suspirar.

Salgo del edificio tras cruzar unos tornos que he activado con mi tarjeta de empresa y tras despedirme de los miembros de seguridad.

El fresco aire del anochecer invernal golpea mi rostro y hace que me duelan todos los huesos de mi cuerpo.

“Qué ganas de no tener que ir más a trabajar”.

Ya sueño hasta con ello. Se acabarían los madrugones y eso de dejarme la vista en mi antigua pantalla de ordenador. Podré pasar las horas tranquilamente con mi gatita Lusi sobre mis rodillas, mientras miro por la ventana y acaricio su lomo para que ronronee de placer.

Podré tomarme una taza chocolate caliente a media tarde y sin prisas, sin saber que tengo que consultar un correo o que tengo que llamar a alguien para cancelar una reunión. Solo estaríamos mi taza y yo, con mis manos al abrazo de su calor y calentándome el estómago cómodamente en casa, con la calefacción bien alta y sin sentir esos dolores que me acompañan todos los días mientras estoy sentada en mi puesto de trabajo con la corriente golpeándome las pantorrillas, la espalda y la nuca.

Podré pasar las horas tranquilamente, sin que nadie me grite o menosprecie mi trabajo, sin jefes, sin estrés, sin preciosas mañanas que se convierten en pesadilla…

“No queda tanto, aguanta mujer…”, me digo a mi misma durante el camino de regreso a mi hogar.

Abro la puerta de casa tras una hora y pico de trayecto entre mi rincón privado y mi tortura. Llego agotada y me dirijo torpemente hasta el sofá, me siento y me desabrocho las botas.

“Malditos tacones…”.

Resoplo de cansancio mientras me recuesto y dejo caer mis pesados parpados.

Sin pensarlo demasiado, me levanto antes de quedarme dormida y camino hacía el baño, me miro unos instantes en el espejo mientras cuento nuevas arrugas y canas por teñir. El silencio envuelve mis pensamientos negativos.

“Estoy vieja, vieja y fea…”, susurrando mis labios mientras me meto en la ducha.

Bajo la cascada de agua tibia, agacho la cabeza y observo mi figura desde arriba. Sujeto mis pechos en el lugar donde deberían estar. Los miro con desilusión recordando a aquella joven que era. A penas sin fuerzas por el largo día, los dejo en su posición natural y me llevo las manos hacia mi cabello. Con tristeza, cierro los ojos y trato de disfrutar de la dulce calidez del agua sin importarme las ondulaciones que van apareciendo en las yemas de mis dedos.

Transcurrido un tiempo inapreciable para mí, salgo de la ducha y me seco sin fijarme en la ajada figura que se refleja en el espejo lleno de vaho. Ya ni me preocupo de pasar una mano por el espejo para poder verme nítidamente tal y como hacía antes, ya no. No tengo un porqué para contemplar mi cuerpo y sonreír… Ni tampoco tengo a alguien para que me llene de elogios y cumplidos. Estoy sola. Desde que él se marchó, estoy sola y no quiero estar con nadie más.

Dejo el servicio a mis espaldas y, enfundada en mi albornoz, me dirijo hacia la cama. Ya no aguanto tantas horas despierta y la mayoría de días no tengo ganas ni de cenar. Apenas cato un yogurt y me voy a dormir.

Me pongo el pijama, apago la luz y, por suerte para mí, me duermo en un santiamén.

Suena el despertador.

Estiro mis músculos en la cama y después me incorporo y busco mis tupidas zapatillas, de estar por casa, con la punta de mis dedos. Tras encontrarlas bajo la cama, introduzco los pies al tiempo que una bocanada de aire fresco alborota mis cortinas, me besa los tobillos y sube por mis piernas.

Sorprendida por la sensación que he sentido de repente y que hacía años que no sentía, me levanto renovada y con más fuerzas que nunca. Me dirijo al baño, enciendo la luz, la cual tintinea un par de veces antes de iluminarme; y avanzo hasta encontrarme con el reflejo de mi viva imagen en el espejo. Distraída, abro el grifo para lavarme la cara pero enseguida noto que algo es diferente, algo es más… No sé cómo describirlo, es esa sensación que sentimos interiormente las mujeres, esa sensación que no sabemos de dónde proviene pero que nos dice que va a ser un grandísimo día.

Extrañada, me froto los ojos para quitarme las legañas y para acostumbrarme a la luz del baño y, tras desaparecer esta borrosa cortina mañanera de mis ojos, veo ante mí que…

— Pero, ¡qué diablos!

Me asombro al ver reflejado en el espejo del servicio que mis labios son más carnosos y lisos que los que tenía antes de irme a dormir. Incrédula al ver la imagen que hay ante mí, muevo mi brazo derecho como si fuera una marioneta. El hilo invisible que me mantiene unida a la joven que hay reflejada en el espejo hace que su brazo también se mueva idénticamente al mío.

“No puede ser, no puede ser”.

Unas hormiguitas recorren mi estómago y, nerviosa, enfoco mejor mi mirada y, como si fuera una cegata, acerco mi rostro hacia el espejo. Me quedo a escasos centímetros de él como cuando de joven me echaba hacia delante para comprobar si el puntito que me había salido era el de una espinilla.

A escasa distancia, me fijo en que no tengo arrugas, en que mis dientes vuelven a estar blancos. Me veo a mí misma pero mucho más joven, sin canas, sin ojeras constantes o patas de gallo y, además… además, ¡mi piel está tersa como cuando tenía ventipocos! ¡Estoy impecable de nuevo!

Mi corazón palpita de la emoción y se me humedecen los ojos.

“Esto no puede ser verdad, no puede ser. Debo de estar soñando”.

Alejo mi rostro de nuevo del espejo y me quito el pijama con una agilidad que ya no recordaba. Comienzo a tocar mi cuerpo con asombro para cerciorarme de que es el mío. Acaricio mis pechos… están turgentes nuevamente y mi vientre planito vuelve a disfrutar del tacto de mis dedos. Mi piel se eriza al paso de mis yemas y, tras muchos, muchos años, vuelvo a sentir ese cosquilleo placentero entre mis muslos. Aquel cosquilleo que hacía que saliera a pasárselo bien, a disfrutar y a tener orgasmos, que es lo más placentero que existe en el mundo.

Mi pelo vuelve a ser rubio y largo e increíblemente me he levantado con él ya peinado… ¡con el mismo peinado que me hice para mi boda! El pelo liso dejándolo caer y con dos finas trenzas que rodean mi cabeza como si llevaba una corona de laurel.

“¿Cómo es esto posible?”, me pregunto con sentimientos contrastados de alegría y confusión.

Me vuelvo a mirar frente al espejo, recorro todo mi cuerpo nuevamente con incredulidad y luego, me giro para ver mi trasero, haber si éste también sigue en perfecto estado.

Al ver que sí, lo pellizco para cerciorarme si es real o no.

“¡Sí lo es! ¡No me lo puedo creer! Jajaja”. La ilusión gana la batalla a ese sentimiento de falta de comprensión de lo que me está pasando y me muerdo mi carnoso labio…

— ¡He rejuvenecido cuarenta años! ¡Soy yo! ¡Soy yo! ¡Yujuu!

Feliz y emocionada, me dejo llevar y, tras dejar de acariciarme como si fuera de mantequilla, doy un salto de alegría. Mis ojos comienzan a brillar y resplandecer. Tras un largo instante disfrutando de mi “yo” de joven, decido que es mejor aprovechar el tiempo del que dispongo de este rejuvenecimiento inesperado.

Regreso a la habitación, descorro las cortinas y observo el cielo oscuro y negro como el azabache. Sigue siendo de noche.

“Debe ser que sólo dormí unas horas desde que llegué a casa del trabajo, pero tampoco me siento cansada. Esto es extraño, muy extraño”.

Me acerco hasta mi armario y busco algo que ponerme.

“Pero…”, me quedo paralizada y con la boca abierta.

Al abrir las puertas veo que mi ropa de abuela ha desaparecido. Miro el interior anonadada hasta que comienzo a sentir la misma sensación de euforia que siente la mujer de ese anuncio de cerveza, en la abre su nuevo armario y éste es tan grande como una habitación y está lleno de zapatos.

Sonrío ampliamente llevando mis manos a mi pecho.

“¡¡Guau!!”

Todo mi cuerpo vibra de emoción al ver, de nuevo ante mí, mi armario de la universidad. Mis faldas cortas, mis camisetas, mi chaquetón, mis camisas, mis taconazos, mis… ¡Conjuntos de ropa interior!

De nuevo siento ese cosquilleo tan agradable bajando por mi estómago.

“Jajaja, ¡que genial!”

Efusiva, comienzo a mirar para ver qué ponerme pero, a diferencia de otras veces… Bueno, a diferencia que lo que hice durante toda mi vida… No tardo nada en elegir que ponerme sino que, guiada por una fuerza extraña, voy directamente a por unas determinadas prendas. No sé porqué pero algo dentro de mí ignora todo lo demás y se centra en un determinado modelo, uno que me resulta terriblemente familiar y modelo muy especial.

Primero me pongo un culote negro que me queda como un guante y después cojo mi falda vaquera corta y mi blusa fina lisa con escote, de tono verde muy vivo dejando un lado lo del sujetador.

“Con estos pechos no me hace falta nada para mantenerlos tersos”.

Me sorprendo a mi misma al pensar eso. Extrañada, frunzo el ceño porque recuerdo que un día, hace ya mucho tiempo, pensé algo similar. Un día muy importante en mi vida.

Tras vestirme, regreso al baño y me coloreo los labios de rojo fuerte. Al mirarme en el espejo veo que estoy preciosa y ¡sexy! ¡Hacía años que no me sentía así! Me lanzo un beso a mí misma y luego un guiño.

Segundos después me estoy partiendo de risa yo sola.

“¡Me encanta mi vida ahora mismo!”

Cuando he acabado, voy hasta el pequeño armario del baño, saco mi antiguo perfume y me hecho un par de gotas en lugares estudiados: en las muñecas, en el escote y donde un chico tendría la nuez. Recuerdo que nunca me gustaba echármelo a ambos lados del cuello porque me volvía loca que me besaran allí y no quería que ningún chico se encontrara con un sabor extraño justo ahí. Prefería que se encontraran con mi deliciosa piel.

“¡Zapatos! Jajaja”.

Al sentir el frío del suelo en mis plantas, recuerdo que todavía no me he elegido ninguno, así que salgo del baño dando pasitos cortos con la prisa de llegar tarde… Aunque realmente no sé dónde tengo que ir, jajaja.

Llego a mi armario y cojo unas sencillas sandalias veraniegas.

Por mi mente pasa fugazmente un pensamiento. “¿Sandalias? Si esta mañana fui a trabajar y hacía frío otoñal”.

Sin embargo, ese pensamiento me entra por un oído y me sale por otro, algo me dice que esto ya lo he vivido y que sé que no hace frío esta noche. Así que hago caso a mi sexto sentido y radiante de felicidad, mis pies me sacan de casa. Ellos sí parece que saben donde tengo que ir.

Antes de salir he recogido el bolsito negro con pedrería de mi época de la universidad que estaba tirado en el sofá.

¡Cómo iba a salir sin él!

Salgo al descansillo y, mientras espero al ascensor, noto que me tiemblan las manos. Estoy completamente emocionada al sentir y verme como cuando tenía veinte años, pero curiosamente mantengo la experiencia y el raciocinio de la veteranía. Me siento como en una nube, es una sensación increíble.

Bajo a la calle y camino disfrutando de las miradas de los hombres que, a mi paso, me lanzan a estas horas de la madrugada. Mis movimientos son gráciles y elegantes, camino erguida deslumbrando con mi cuerpo y sonriendo a todo aquél que creo que merece ser sonreído.

Mi paseo sin rumbo aparente me lleva hasta un pub del centro. Al pasar sus puertas hago un impase pensativa y frunzo el ceño.

“En el letrero de afuera ponía que este sitio se llamaba, ¿la brújula?”

Me suena el nombre del bar pero no recuerdo porqué. Meneo la cabeza para deshacerme de mis dudas y continúo mi camino.

Dejo que la música se fusione conmigo aunque apenas reconozco esos sonidos. Es música actual, pero de la que nunca hemos bailado ni mi yo con sesenta y mi yo con veinte. De hecho, reconozco que es música moderna porque hace como unos cinco años la escuché durante la despedida de soltera de mi sobrina.

Recuerdo como me sentí al escucharla, estaba tan fuera de lugar… Tan descolocada… Tan mayor en un sitio de jóvenes…

Pero por cómo me miran hoy, no desentono para nada. Sonrío.

Al observar a la gente de allí, me doy cuenta de las distintas maneras en las que nos comportábamos en mi época universitaria. Bebíamos, pero no hasta vomitar, teníamos más control a la hora de cogernos el puntillo para así poder disfrutar. Aunque sea mayor soy una persona moderna, sé que se te puede ir de las manos un día pero si lo haces sistemáticamente… es que tienes algún problema.

“¡¡UPS!! ¿Aunque sea mayor? ¡¡Si hoy soy súper joven!! Jaja. Corre, deja a un lado esa forma de pensar y vuelve a la de la universidad. Mmmmm, a ver…”

Recuerdo cómo coqueteábamos sobre todo con aquellos recién salidos de la mili. Todos tan guapos con sus trajes, su pelo corto, su juventud y madurez al mismo tiempo, me parecían tan seductores…

Los recuerdos hacen que mis ojos se humedezcan y me paso el dedo tal y cómo me enseño mi madre para que mi maquillaje no se corriera.

Con la música bombardeando mis oídos, me voy fijando en cómo van vestidos los chicos. Visten muy diferente a cómo iban en mi época, demasiadas zapatillas, camisetas y cortes de pelo extraños con flequillos para arriba pero, hay algo que permanece imperdurable en el tiempo: el ardiente deseo de los hombres por unas buenas curvas de mujer y su forma de mirarte.

Me acerco a la barra y me pido una copa. Cuando me la sirven, comienzo a beber tranquilamente mientras el tiempo pasa.

Los camareros me miran extrañados al ver que llevo aquí casi una hora y he pedido varias bebidas… Sola, sin compañía.

Siento el calor del alcohol bajar por mi garganta a cada trago, pero también percibo esa sensación de liberación que te proporciona. Mis ojos brillan más aún y mis ganas por disfrutar se van apoderando de mí poco a poco. Cada minuto que pasa me apetece más coquetear y volver a ser aquella joven que podía conseguir a quien quisiera, aquella joven que no tenía miedo de entrar a un chico que le gustaba, aquella joven decidida que iba y ligaba con quien quisiera sin importarle nada lo que la gente opinara.

Poco a poco el alcohol va aflorando mi juvenil personalidad y poco a poco me voy sintiendo en la noche como pez en el agua.

Me levanto de mi taburete, me giro y observo a la gente que está bailando.

“Vamos a ver que hay por aquí”, pienso con travesura.

Busco a alguien al que cautivar, alguien al que enamorar, alguien que me vea tan sexy como yo me siento y que me haga recordar cómo era eso pecar con los cuerpos y de disfrutar sin complejos.

Los destellos de las luces multicolores hacen que sea más difícil de lo que ya es fijarse en los chicos de la pista pero no veo nada que me motive, esta juventud tan borracha, tan sedienta y necesitada de cariño y aprecio, está como muerta. Riéndose como poseídos, haciendo círculos impenetrables para evitar relacionarse con gente nueva, moviéndose cada uno a su propio ritmo sin ni si quiera seguir la música…

Me vuelvo a llegar la copa a mis labios. Distorsionado por el vaso, observo aparecer a un joven salido como de entre las sombras. Retiro el plástico de mi boca y le sigo con la mirada. Es un joven con un toque de madurez, facciones duras y anchas espaldas. Con el corte de pelo como a mí me gusta, con un traje que le sienta como un guante… Es distinto al resto, no encaja en la foto. Es otro extraño perdido entre las sombras de la noche.

Para mi “yo” de ayer diría que sería muy pero que muy pequeño, para mi yo actual parece perfecto. No puedo apartar la mirada, es tan atractivo, tan encantador… Me saltan mariposas en el estómago.

Me fijo en su manera de caminar, le miro de arriba abajo y, en ese mismo instante, siento que es mi polo opuesto. Se para a escasos metros de mí, está como buscando a alguien. A su alma gemela.

Tendrá venti-muchos, tiene unos ojos verdes impenetrables, su pelo castaño está moldeado a lo militar, corto por todos los lados, y su descuidada barbita dispara mis latidos.

Me mira e inmediatamente me giro hacia la barra dándole la espalda lentamente. Me aparto el pelo y, tras colocarlo detrás de mi oreja, comienzo a moverme sintiendo la música. El movimiento de mi cadera es hipnotizante, sensual y aún cuando estoy de estando de espaldas, puedo notar su mirada sobre mi cuerpo.

“Mmmmm”.

Eso me hace sentir deseada y eso me acalora. Me vuelvo a girar y me pongo de cara a la pista de baile, hacia él, pero evito mirarle. Poco a poco voy soltando más y más mis movimientos mientras él me come con la mirada. Pero, seductoramente, guarda la compostura. No babea, ni se lanza inmediatamente a por mí. Aguarda hasta que exista un momento clave para hacerlo, lo noto.

Con el comienzo de una nueva canción, comienza a acercarse a mí. Viene atraído como un imán. Al llegar a mi altura, se inclina y me susurra…

— Encantado de conocerte.

— Lo sé —le respondo secamente ocultando mi sonrisa y mirando hacia lo lejos.

— ¿De dónde eres? —la ligereza del aire que expulsa al hablarme, me eriza los pelillos de la nuca.

— De aquí.

— No te había visto antes por este bar, ¿sueles salir por esta zona?

— No, hace muchos años que yo… —rectifico—. He estado muy ocupada, hasta ahora.

De repente, pienso en mi trabajo y en qué pensarían mis compañeros si vieran como soy de verdad. Seguro que no me reconocerían.

Por un segundo me siento mayor y cansada…

“¡Malditos recuerdos!” Maldigo para mí misma. “No pienses en eso, no pienses en eso”.

Devuelvo mi mirada hacia sus ojos verd…

“Un momento, ¿cómo podía saber antes que él tenía los ojos verdes? ¡Si era imposible verlos con tanta lucecita multicolor y a tanta distancia!”

Frunzo el ceño como si él no estuviera allí, hasta que sus dedos se posan sutilmente sobre mi codo haciendo que me olvida de todo rápidamente.

— Tienes unos ojos preciosos —le digo sin emoción. Jugando con su mente para conquistarle.

— No lo son más que los tuyos —me responde esbozando una amplia y sensual sonrisa—. ¿Te apetece bailar?

Sin mostrar el interés real que tengo en él y la verdadera ilusión que me hace que me lo pida, asiento fríamente con la cabeza.

“Conquístame”.

Sin mi permiso, sus pies dan un cortito pasito hacia mí.

— Me gusta bailar cerquita.

— ¿Cómo de cerca? —respondo con picardía, controlando el arte del ligoteo.

— Eso lo tendrás que decidir tú.

— Entonces a esta distancia es suficiente.

En cuestión de segundos, rodea mi cintura con el brazo que tiene libre, me sujeta con fuerza y me acerca hacia su pecho.

— ¿Permites hasta aquí? —él también juega conmigo, mostrando su seguridad y su indiferencia a mi forma de actuar. Perturba mis sentidos.

— Si… —contesto mirándole a los labios mientras mentalmente me muerdo los míos con deseo.

Durante una eternidad nos fundimos en un baile de miradas y de caricias. Mi pelo roza su piel y noto su olor sexy y dulce. Sus dedos comienzan a subir desde mi cintura hacia mi espalda y, una vez allí, dibujan suaves trazos circulares.

“Es atrevido, sexy y sabe moverse…”

Creía que con estas curvas sería yo la que le tendría a mis pies pero, con ese porte, soy yo la que se ha quedado idiotizada.

Me gira y bailamos agarrados, pasito hacia un lado, hacia otro, una vuelta, dos vueltas… Rio con su forma de ligar. Transcurren varias canciones y acabamos abrazados, mi mejilla contra la suya, mis pies entre los suyos y nuestras cinturas completamente pegadas.

“¡Ostras!, jajaja”.

Levanto una ceja sorprendida. ¡Hasta ahora no me había dado cuenta! Estaba tan distraída disfrutando del baile, moviendo mi trasero, acariciando su brazo, que no había notado…

Mmmmm. Pero claro, ahora tan pegados, ¡cómo para no darse cuenta!

Su miembro erecto se marca contra mi cuerpo. ¿Y no le dará vergüenza haberse excitado tanto? O mejor dicho, ¿me debería molestar que esté excitado cuando yo lo he provocado a propósito con mis sensuales movimientos y roces?

Él es lo que he venido a buscar… Alguien que me deseé, alguien que me haga recordar el significado del placer. Alguien que me haga sentir querida, deseada y que me encandile. Alguien que me haga sentirme como cuando tenía veinte años.

Suficiente para mí, suficiente para lo que busco. Ya es el momento, ya nos hemos conquistado mutuamente y lo hemos hecho de una forma que nos ha gustado a los dos. No solo ha sido la atracción física, ha sido la manera en la que hemos conectado.

Me acerco más a él y me muevo pegada a su sexo para excitarle aún más. Noto en su rostro cuánto le gusta que le haga eso. Miro sensualmente hacia arriba, hacia sus ojos, al tiempo que él busca los míos. Juguetona intento ponerle nervioso, controlarle, que sepa que aunque yo esté buscando placer, él solo lo va a conseguir cuando yo lo decida.

Bajo mis manos hacia su pantalón y, lentamente, paso una de ellas lentamente por todo su miembro. Percibo como su pulso se acelera y comienzo a reírme interiormente. A la vez, apoyo mi cabeza sobre su pecho, mi mano vuelve a recorrer su tronco por encima del pantalón mientras seguimos bailando lentamente… él me abraza.

Me pongo de puntillas y me acerco a su lóbulo…

— Si sigo así mucho tiempo luego vas a durar poco, ¿verdad?

Veo como traga profundamente. Yo me siento poderosa al dejarle sin aliento.

Tras mis palabras, cojo su mano y comienzo a caminar. Salimos a la calle y en menos de dos minutos estamos subidos en un taxi de camino a mi casa. Descaradamente, en el asiento trasero del vehículo, me siento sobre él y comienzo a besarlo apasionadamente, él me sigue el ritmo aunque noto que está algo incómodo porque no para de abrir los ojos y mirar hacia el asiento del conductor por si nos echa la bronca… a mí eso no me preocupa.

Tras pagar ese corto trayecto, llegamos a casa, atravesamos la puerta de mi habitación y, antes de que yo pueda pronunciar una palabra, con excitación él me empuja hacía la pared, me desabrocha la blusa y comienza a besarme suavemente los labios y el cuello. Escucho su respiración entrecortada mientras me muerde delicadamente.

“Uuffff. ¿Cómo sabe exactamente lo que me gusta?”

Siento como si él me conociera, como si ya nos conociéramos. Como si ya hubiéramos hecho el amor cientos de veces…

Me derrito con esa sensación y me entrego a sus labios mientras él termina por desvestirme por completo. Desnuda, tomo el control y con urgencia desembocamos en la ducha. A salvajes tirones, le arranco la ropa mientras contemplo su hermoso cuerpo.

Entramos en la ducha agarrados de la mano.

El agua caliente resbala por mi cabello mientras bajo por su pecho hasta arrodillarme ante él. Le miro a los ojos y comienzo a tocarle con las manos su pene ya totalmente erecto. Me introduzco su miembro en la boca y comienzo a jugar  con la lengua, él jadea y echa la cabeza hacia atrás dejándose hacer…

Me encanta dar placer a un hombre.

Sigo disfrutando lentamente de su polla, jugando hábilmente con mis manos y disfrutando de su sabor. Sé que lo hago genial, me preocupo de hacerlo genial y las miradas de placer que lanza hacia abajo me lo corroboran.

Sigo un poco más hasta que, de repente, me levanta, me pone contra los baldosines, me agarra el pelo y me muerde el cuello mientras siento la amenaza de su miembro entre mis nalgas.

— Te voy a follar como nunca antes te lo han hecho… —me susurra bajo una cortina de gotas de agua.

Su seguridad me empapa de placer, cierro los ojos y, al ser penetrada, ahogo un gemido para no darle la razón. Quiero que siga concentrado en complacerme.

Rítmicamente va y viene mientras nuestras caderas se amoldan perfectamente. Intento no resbalarme y me apoyo con fuerza en la pared, noto esa dureza tan dentro… su manera de hacérmelo me excita aún más y me endurece los pezones. Sigue agarrándome del pecho, lo aprieta, acelera, para en seco.

— ¡Aahh! ¡Aahh!

No se limita solo a penetrarme, utiliza ritmos distintos, utiliza sus manos… Sabe cómo hacerlo y me está volviendo loca. No me puedo reprimir más y grito gozosamente aunque eso conlleve a que tenga que reconocer que me encanta lo que está haciendo.

— ¡Aahh! ¡Aahh!

Su pasión obliga a mi cuerpo a pegarse completamente contra los baldosines de la ducha. Por encima de mi cabeza, lanzo mi mano hacia atrás hasta que toco la suya, llevo mis dedos hasta su nuca y le atraigo hacia mí.

Cuando su rostro está junto al mío, le pido que me lleve a la cama. Él se detiene y me gira hasta quedarnos mirando uno al otro. Yo coloco mis manos alrededor de su cuello, elevo las piernas y las entrelazo en su cintura.

Inmediatamente él cierra el grifo de la ducha conmigo a horcajadas y después se ayuda de sus manos para volver metérmela.

— ¡Mmmmm! —ahogo mi gemido en su hombro.

Mi cuerpo entero se tensa y le abrazo fuertemente. Mientras él camina sujetándome el trasero, yo muevo la cadera para seguir gozando. Salimos del baño y, sin ni si quiera secarnos, llegamos hasta mi habitación. Me bajo de sus brazos y con ardiente de deseo, le empujo y le tumbo sobre la cama. De un salto me subo sobre él y me vuelvo a meterme su polla.

Comienzo a  cabalgarlo salvajemente, como si fuera mi último polvo, mientras él me sigue embelesando al seguir el ritmo de mis caderas con sus manos sobre ellas.

Nos fundimos en ruidosos gemidos mientras me desboco sobre él.

— ¡Sí, siii! ¡Aahh! ¡Aahh!

Desciendo mi tronco observando su concentración para no correrse. Me lanzo a morderle la boca salvajemente y después me acerco hasta su oreja:

— No sufras reteniéndolo más. Si quieres correrte, córrete.

Acelero los movimientos de mi cadera. Le miro a los ojos, los cuales están abiertos como platos tras mis palabras y le escucho jadear…

— ¡¿Ya?! —le grito con lujuria—. ¡¿YA?!

— ¡Ya! ¡Ya! —gime para mí como respuesta a mi petición mientras deja caer su cabeza hacia atrás.

Rápidamente bajo de mi montura y desciendo. Poso una mano sobre sus testículos y la muevo circularmente. La otra la coloco sobre su tronco y la muevo tan rápidamente como puedo. Mis labios se posan sobre su glande y mi lengua juega a su alrededor. Yo le miro mientras llega su momento.

De pronto, sus piernas se mueven espasmódicamente sobre la cama mientras él jadea más y más… hasta que su orgasmo llega hasta mi boca obligándome a cerrar los ojos por un instante al recibirla.

Al acabar, mi lengua sigue rodeando su sexo.  Mmmmm… me encanta su sabor y sigo jugando con ella, hasta que se queda flácida en mi boca.

Al terminar, me limpio con la sabana retorcida que había a mi lado y subo besando su cuerpo. Al llegar arriba, me tumbo junto a su lado boca arriba mirando al techo.

Mi pecho sube y baja con fuerza, sonriente cierro los ojos dejando que mi profunda respiración fluya y que el tiempo pase… Él gira su cabeza para mirarme mientras yo escucho su corazón latir.

— Eres perfecta —me susurra.

— Lo sé —le contesto con una gran sonrisa.

Tras mis palabras, se acerca hasta a mí y, en posición fetal, nos abrazamos cálidamente hasta caer en un profundo sueño.

Me levanto al oír el despertador sintiéndome cansada como si hubiera estado de fiesta toda la noche. Tras un segundo absorta en el mundo real, recuerdo mi sueño y miro a un lado y a otro de mi cama…

No hay nadie.

Intento mantener viva la ilusión y me levanto con premura para ir hacia el baño. Enciendo la luz y me lanzo frente al espejo con unas ganas tremendas de que mi segunda juventud no se haya acabado todavía, pero, al llegar hasta él, me lamento por lo que veo en el espejo.

Bajo la cabeza y miro al suelo con desilusión.

“Soy yo”.

Soy yo de nuevo. Con mi pijama de anciana, mis zapatillas y alguna cana más que ayer.

Todo ha sido un dulce sueño, muy real, pero un sueño al fin y al cabo. Vuelvo a ser yo la misma, esa mujer a la que le queda un día menos para jubilarse y que lleva cientos de años en el mismo y desesperanzador trabajo.

Abatida y desilusionada, regreso hacia la cama y me tumbo boca-arriba tratando de rememorar mi sueño. Tratando de rememorar esos momentos de felicidad.

“Era tan bonito, era tan perfecto, me hacía sentirme tan viva… Ojalá no me hubiera despertado”.

Al recordarlo, mi pensamiento se centra en aquél chico de corte de pelo militar, aquél chico de ojos verdes que conocí y conquisté en una sola noche en La Brújula. Ese joven que me hizo el amor como jamás me lo habían hecho y del que estuve enamorado más de treinta años. Ese hombre que, hasta hace cinco años, el día de su accidente y de su muerte, me hizo la mujer más feliz del mundo. Ese hombre, mi difunto marido, que me hizo estremecerme y sentirme única desde la primera vez que nos conocimos y desde nuestra primera noche juntos.

Unas lágrimas comienzan a descender por mis mejillas. Esta vez no me las limpio, no hace falta… no estoy maquillada.

Una terrible sensación de añoranza me golpea y empiezo a sentirme muy, muy triste. Me acurruco más en la cama no sin antes estirar mi mano para coger la foto que hay sobre mi mesita de noche.

Esa foto en la que aparece ese joven con el pelo corto castaño y de ojos verdes, conmigo a su lado bajo el letrero de “La Brújula” lugar donde hicimos la fiesta de nuestra boda, en honor al lugar donde nos conocimos.

Entristecida y melancólica, atraigo la foto sobre mi pecho, la abrazo y suspiro. Más y más lágrimas descienden por mi mejilla. Le echo tanto de menos, le añoro tanto que…

— Ojala que esta noche vuelva a soñar contigo. Te echo de menos cariño, te añoro, te quiero.



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