Relato 17: Trabajando en la radio

¡¡Ring!! ¡¡Ring!! ¡¡Ring!!

Uuffff.

Me despierto de mala gana. Hoy es de esos días que me quedaría una hora durmiendo, ¡y dos! Pero no puedo.


rebajas de amantis

Bostezo.

Me he echado la siesta porque estaba agotada tras salir anoche a tomar unas copas, además esta mañana he madrugado porque había quedado temprano para ir de compras con mis compañeras de trabajo. Y después, en vez de ir a casa en busca de la tranquilidad, nos fuimos a comer.

Durante la comida hemos estado hablando de lo que va a ocurrir esta noche en el programa. Será algo especial ya que por primera vez un artista de talla nacional viene al estudio y estamos todos expectantes porque no sabemos quién es. Hay rumores pero no nos han confirmado nada desde la dirección.

~ Técnicas para conseguir más oyentes ~nos dijeron.

“¡Já! No me lo creo. Eso es que todavía no tenían cerrado a nadie”, pensé en aquel momento.

Según ellos, al no avisarnos de quien va a venir se mantiene a todo el mundo expectante consiguiendo así que se conecten para escucharnos, con el fin de llegar a averiguar quién es el personaje misterioso. Además, decían que si nos lo decían y se filtraba pues entonces, a todos aquellos oyentes que no les gustase dicho artista, pasarían de escuchar el programa.

Tras terminar el almuerzo de esta tarde y tras estar una hora haciendo nuestras cavilaciones y apuestas sobre quién podría ser el invitado, me marché a casa y me eché la siesta para recuperar el sueño perdido. Me puse el despertador a las 18.30 h para tener suficiente tiempo para ducharme, arreglarme e ir a trabajar.

Ring, ring, ring

Suena mi despertador.

Mi mandíbula se me vuelve a desencajar al emitir un sonido de pereza, estiro el brazo y apago el atronador sonido de esa dichosa maquinita que toca las narices todos los días a medio mundo. Tras darle un manotazo y hacerle callar, me giro en la cama, me acurruco, abrazo la almohada y vuelvo a intentar dormirme profundamente.

Grrrrr.

“¡Eh! ¡Yo no ronco!”, me digo a mi misma.

Zzzzzzz.

“Así está mejor”, y me amodorro con una sonrisa.

Poco a poco el cansancio acumulado se apodera de mí y comienzo a entrar en sueños recordando la fiesta de ayer por la noche:

Hay luces tenues azules y verdes en el pub. Suena música tecno de fondo y hay un ambiente tranquilo y relajante en el que podemos conversar.

Me muevo en la cama y cambio de postura.

Otro flash llega a mi mente.

En esta imagen aparece un chico de amplia sonrisa, rasgos duros, cabello dorado y corto, de anchos hombros y recién afeitado.

Ummm, así da gusto soñar. Es el chico australiano al que conocí anoche. Ayer embobada con él y ahora se cuela mis sueños.

Él está sentado a mi lado, en el gran sofá con forma de herradura en el que nos hemos dejado caer tras estar bailando en la pista de baile. Mis dedos acarician su mentón mientras no dejo de mirarle fijamente… ¡Es tan guapo!

Al rememorar su rostro, me doy cuenta de que no estoy soñando sino que simplemente estoy plácidamente tirada en la cama pensando en él, en lo que ocurrió anoche cuando le conocí, bailé con él y hablamos en ese precioso sofá blanco con rayas negras.

“Uuffff”.

No quiero recordar eso ni en sueños porque si mi sueño va acabar igual que anoche conmigo dándole mi tarjeta personal, fijándome en su trasero al irse y durmiendo sola…

Suspiro, me pongo boca arriba y dejo reposar de lado la cabeza sobre la almohada. Mis brazos caen paralelos a mi cuerpo.

Con los ojos cerrados, mi mente vuelve a trabajar lanzándome rápidas imágenes:

En una observo, en el techo, las mismas tonalidades de colores que había en el club. Estoy en la misma posición aburrida que con la que estoy durmiendo pero mi espalda reposa sobre ese sofá aterciopelado y no sobre mi cama.

“Un momento”, pienso. “Es el sofá que había en el club pero anoche no me tumbé sobre él. ¿Por qué estoy tumbada si eso no es lo que pasó?”

Mi propia imagen dentro de mi cabeza se queda boquiabierta al fijarse en que no llevo puesta la camiseta y en que mis vaqueros están en el respaldo del sofá. De pronto, veo mis bragas volar al ser arrojadas por encima de mí.

¡Oh!

Mis piernas desnudas se alzan sin seguir la realidad de lo que pasó anoche. Unas fuertes manos las sostienen por los tobillos y las abren en forma de V dejando paso a una visión espectacular. El torso desnudo del chico australiano se inclina hacia delante y, con su gran polla, entra en mi interior. Coloca las manos a los lados de mi cuerpo mientras me penetra despacio pero profundamente. Con pasión, con deseo… sin prisas. Estiro los brazos por encima de mi cabeza y agarro con fuerza los cojines que hay sobre el sofá al tiempo que mi cuerpo se retuerce de plac…

¡¡Ring!! ¡¡Ring!! ¡¡Ring!!

Sus embestidas comienzan  a ir con mayor bravura obligándome a tomar grandes bocanadas de aire.

Mmmmm. En la realidad de la cama vacía, mi cuerpo comienza a calentarse y yo a humedecerme con el tacto de mis dedos sobre mi clítoris.

¡¡Ring!! ¡¡Ring!! ¡¡Ring!!

¡Joder!

Mi mano derecha se separa de mi sexo y sale disparada hacia el puñetero despertador. Al golpearlo, escucho cómo cae detrás del mueble. Me vuelvo a colocar boca arriba y me llevo las manos a la cara con frustración.

“¡Esto es peor que un jarro de agua fría!”, bufo. “¿Ni en mi propia casa puedo disfrutar?”.

Un sin fin de sensaciones recorre mi cuerpo. Me debato entre satisfacer o no mi apetito sexual.

“Ummm”, pienso mientras hago una mueca con mis labios cerrados.

Tras pensarlo unos instantes, decido que es mejor parar porque no me voy a concentrar y porque voy a llegar tarde a mi trabajo en la radio. Me levanto malhumoradamente lanzando la sábana por los aires y me deslizo hacia la ducha.

Me doy una ducha rápida y comienzo a hacerme un nuevo peinado.

Hoy es una noche importante, descubriremos quién es el invitado sorpresa. La verdad es que me resulta excitante no saber quién es, te mantiene intrigada y alerta.

“¡Por fin!”, ruge mi interior cuando lo consigo. Un haz de luz brota de mis ojos…

“Estoy… estoy impresionante”, pienso mientras me miro al espejo tras una larga hora intentando conseguir el peinado perfecto para el crucial evento de esta noche. Salgo del baño y preparo mi mejor lencería.

A medio camino me detengo…

“Pero, ¿por qué la mejor?”, ni siquiera yo sé la respuesta. “No es necesario que me la ponga para impresionar al invitado. ¡Ni si quiera sé quién es! Aunque claro… ¡Imagina que es Mario Casas! O mejor, ¡uno de mi época! ¡Oh! ¡Antonio Banderas!”.

Sonrío al imaginar que quizás pueda entrevistar y hablar de sexo con alguien tan importante y sexy. Cojo mis sensuales prendas y me las pongo rebosante de felicidad.

¡Es increíble el cambio de moral que se puede conseguir con una ducha y un magnífico peinado! Y pensar que hace hora y media me levanté de la siesta medio frustrada… ¡Bah! Pero eso ya es pasado.

Camino por el baño para observar, a través del espejo, qué tal me queda mi erótico conjunto.

“¡Qué sexy!”, me digo a mi misma. Me sube el ánimo.

Doy un par de pasos para atrás para verme reflejada mejor. Me pongo de frente y luego de perfil. Continúo girando hasta que estoy casi de espaldas. Miro por encima de mi hombro y me fijo en mi trasero mientras mis manos bajan acariciando mi piel hasta la cadera. Entra una corriente de aire del pasillo que me pone la piel de gallina. Siento como se eriza cada vello de mi cuerpo y acaricio esas ondulaciones haciéndome cosquillitas por el estómago.

Adoro esa sensación.

Devuelvo mi atención al reflejo de mi figura y, no sé por qué, le empiezo a ver fallos. Hago una mueca pensativa con los labios.

“¡No pienses eso tonta!”, me grita mi interior. “¡Estoy fantástica!”.

Rápidamente deshago la mueca y esbozo una sonrisa. Me vuelvo a girar y poso mi mirada sobre mis pechos.

“Me encanta este sujetador, me los hace perfectos”, pienso mientras bajo un dedo por mi canalillo.

Luego continúo escrutándolos palpando las copas con mis manos. De repente, noto que yo misma me estoy comiendo con la mirada, como si un hombre lo estuviera haciendo… Me sonrojo.

“No te sonrojes, puedes mirarte de la forma que tú quieras. Estás divina y es tu cuerpo, siéntete orgullosa. Ellos son unos cerdos”.

Jajaja. Me encanta mi subconsciente. Vuelvo a echar un último vistazo a mi figura y salgo del baño para terminar de vestirme.

En media hora termino de arreglarme y salgo de casa. La parte inferior de mi vestido se bambolea con el aire de la calle. Me queda bastante ceñido. Es fantástico para llevar con el buen tiempo de primavera. Es de color negro y su tela es lisa, suave y fina con tirantes. Uno de los lados cae hasta mi rodilla izquierda. Su corte en diagonal le da un toque de glamour al dejar el lado derecho más cerca de mi cadera que de la rodilla. Los tacones finos que he elegido realzan mi figura y muestran lo segura de mi misma que estoy cuando voy caminando con ellos.

Estoy yendo hacia el trabajo pensando en lo contento que se puso todo el equipo, saltando de alegría, cuando nos anunciaron que alguien importante vendría al estudio. Es una gran oportunidad para nosotros, solo con su aparición multiplicaremos por diez los oyentes que estarán escuchándonos y eso es algo magnífico para una pequeña radio como la nuestra.

Mientras paseo, veo que han abierto una tienda nueva. Me paro, me giro e… ¡incomprensiblemente no me fijo de primeras en los zapatos de tacón, botas y botines del escaparate! Sino en mí misma, en mi sonrisa… En lo incomprensiblemente feliz que me siento.

Presto atención a mi vestido, a mi peinado…

“¡Uuffff! Voy excesivamente arreglada a trabajar, parece que voy de fiesta”.

Me muerdo el labio.

“Mis compañeros van a pensar que me he vestido así para el invitado al programa. ¡Ups! Luego me vacilarán… Pero ya es imposible que me dé tiempo a volver a casa a cambiarme”.

Por suerte, me saca de mis pensamientos unos preciosos botines marrones que hay en la tienda y, por culpa de un repentino impulso, entro. La dependienta se acerca a preguntarme si he visto algo que me guste. Le digo que si, le señalo dichos botines y le digo que me saque un 36. Cuando se marcha al almacén, escucho a lo lejos unas campanadas.

“¡Ya son en punto! ¡Es demasiado tarde! Y yo aquí de compras… Me van a matar en el estudio”.

Por mucho que me pese, tengo que salir corriendo y dejar aquella maravilla allí.

“No te preocupes, seguro que te esperan aquí hasta mañana”, me digo a mí misma para consolarme.

Al salir, me giro y les hecho una última mirada diciéndoles: ¡No se os ocurra iros!

Sigo caminando mientras saco un pequeño espejo para mirarme y retocarme. Se ha levantado brisa y no quiero que, después de haber estado una larga hora peinándome, Eolo, el Dios del Viento, me lo estropee.

Veo que todo sigue en su sitio, así que sonrío y guardo el pedacito de cristal. ¡Qué haríamos las mujeres sin él! ¡Todas llevamos uno!

Me voy por la calle de la derecha y veo enfrente de mí a dos universitarios dirigiéndose hacia mí. Observo cómo cuchichean antes de cruzarnos. Yo me hago la tonta y estiro la espalda sacando pecho. Al pasar a mi lado, les pillo mirando mi magnífico escote.

Vuelvo a sonreír, pero esta vez traviesamente.

Una vez que pasan de largo, trato de olvidarme de ellos, pero mí interior me susurra pícaramente:

“¡Seguro que se han vuelto a mirarte el culo!”.

Un cosquilleo me sube por el estómago. Cada vez el día va mejor. De manera coqueta, me pongo un mechón de pelo detrás de la oreja y sigo caminando.

“¿Me han mirado porque, aunque soy más mayor que ellos, piensan que estoy buena o porque aquí en mi ciudad soy conocida y me han reconocido?”, sacudo la cabeza. “¡Oh! ¿A qué viene eso ahora?”, frunzo el ceño molesta por el pensamiento que ha saltado en mi mente.

No me contesta.

Sigo caminando hasta que llego a un paso de cebra. El semáforo está en rojo.

A este ritmo voy a llegar justo cuando empiece el programa. La media hora anterior de preparativos me la voy a saltar descaradamente y todos van a saber que es porque me he arreglado demasiado.

No sé si reírme o enfadarme conmigo misma.

Miro hacia mi izquierda.

~ ¡Perdone, perdone! ~una aguda y tierna voz me llega por el otro lado. Me giro hacia la derecha y veo a una niña pequeña. Ummm… de unos siete u ocho años.

“Uy que mona está con esa trencita y ese conjuntito”, pienso.

~ Dime cariño ~le digo con un tono juvenil agachándome hacia ella para ser más cordial.

~ Perdone señora, ¿me podría decir la hora?

¡Será cabrona la niña!

~ ¡Oh! ¡Cómo que señora! Maldita renacuaja ~le grito indignada.

Se ríe. Hago el amago de darle con el bolso pero echa a correr y se me escapa

~ ¡Ven aquí!

La condenada cría se va y encima partiéndose de risa.

“Con lo que me habían alegrado el día los dos yogurines y tiene que aparecer la mocosa esta”.

Suspiro.

Miro hacia el paso de cebra con un malestar visible. Tras resoplar, se pone en verde el muñequito y comienzo a cruzar. Mientras lo hago, siento sobre mí las miradas de la gente que está a mi alrededor. Todos han presenciado mi espectacular reacción y alguno se está aguantando la risa. Intento hacer caso omiso pero no puedo evitar fijarme en un tipo gordito que se ha puesto rojo como un tomate. Parece que le va a explotar la cara.

Molesta, sigo mi camino hasta llegar al edificio desde donde retransmitimos. Al entrar me detengo en seco, y sorprendida miro para todos los lados. Me imaginaba que habría ajetreo pero no tanto como estoy viendo. Nadie se fija en mí. Van todos de un lado para otro sin levantar la vista de sus asuntos.

“¿Uy, es que no se van a fijar ni en lo excesivamente arreglada que he venido? ¿Nadie me va a decir nada?”, hago una mueca en desaprobación.

~ ¡Te esperan en la sala B! ~escucho decir a mi espalda. Es el nuevo becario.

Suena como si me hubiera dado una orden. Me giro y veo que va con prisas de lado a lado cargando carpetas en ambas manos.

~ ¡Sí, ya voy! ~le contesto pero no se digna ni a echar una mirada a mi bonito conjunto.

De pronto, veo que nuestro jefe asoma la cabeza por la puerta del estudio de grabación.

~ ¡Llegas tarde! ¡Ya están todos listos en la sala A, quedan cinco minutos! ¡Vamos! ¡Vamos!

~ ¿Sala A? Si el becario me ha dicho que me esperan en la B…

~ ¡No discutas! ¡Vamos! ¡Vamos!

Ya está histérico como de costumbre. Y hoy más todavía. Muevo la cabeza de lado a lado al no entender porqué uno me manda a la sala A y otro a la B. Tras medio segundo de recapacitación, camino con prisas hacia donde me ha dicho el que “manda”.

Mejor no discutir con el jefe, además lo mismo el pobre becario explotado y mal pagado está de los nervios y se ha confundido.

Cruzo la puerta A y observo a todos listos, sentados y preparados delante de los micrófonos, con sus papeles y vasos de agua encima de la mesa. Me saludan con la mano y me voy hasta mi sitio.

~ ¿Qué tal chicos? Perdón por el retraso ~miro a mi alrededor y arqueo una ceja al ver al invitado.

Durante un segundo me quedo paralizada, pero rápidamente vuelvo en mí y me acerco a dar dos besos a Fernando Tejero. Una pequeña sensación de desilusión invade mi interior, pero la única que tiene la culpa soy yo. Esto me pasa por ilusionarme y esperar a que viniera alguien más buenorro.

“¿De verdad me esperaba a Antonio Banderas en un programilla de una radio local?”

La siguiente hora y media, que transcurre entre las 21:30h y las 23h del domingo, se me pasa volando. Fernando es un tipo muy divertido tiene un montón de anécdotas. Nos sigue el rollo, bromea con todo el mundo y se le puede preguntar cualquier cosa. Seguro que si hubiese un micrófono en cada una de las casas de nuestros oyentes, no nos haría falta recurrir a las risas falsas y de pega que ponemos de fondo. Yo hasta me he tenido que separar del micrófono durante unos minutos porque me ha entrado un ataque de risa.

Cuando dan las 23h en punto damos el cierre al programa. Segundos después nuestro jefe entra aplaudiendo con una sonrisa de oreja a oreja.

Es muy agradable la sensación que te recorre el cuerpo cuando realizas bien un trabajo y, además, te lo reconocen. Todo el mundo está exaltado y sonriente. Salimos del estudio de grabación todo el equipo, nuestro jefe y Fernando Tejero. Veo a todos con caras de felicidad excepto a uno. El becario está achaparrado y con cara de cansado.

Se está acercándose a mí.

~ Bueno, yo ya me voy. Pero te siguen esperando en la sala B.

~ ¿Cómo que me siguen esperando en la sala B? ~le miro extrañada.

Justo es ese momento mi jefe me toca el hombro y me giro. Me abraza orgullosamente. Cuando me suelta miro hacia atrás y veo que el becario ya no está. Se ha marchado.

¿Esperando? ¿Quién me está esperando? Si en la sala B no debe haber nadie, en el hall está todo el mundo.

“Buah, está tan cansado que no sabe lo que dice”, le desacredito.

Recogemos ya que nuestro programa es el último del día. Lo hacemos ruidosamente y a la carrera. Cerramos el local y nos marchamos para ir a celebrar el buen trabajo que hemos hecho (plasmado en audiencia y en el impacto que hemos tenido en las redes sociales).

Feliz como una niña pequeña al sentarse en el regazo de Papá Noel, abandono la emisora junto a mis compañeros y nos vamos con Fernando al pub al que somos asiduos. En mismo club que apareció en mis sueños, en el que estuvimos ayer sábado por la noche y en donde conocí al sexy australiano que se fue con mi tarjeta personal con el número de teléfono grabado en ella.

Al entrar a nuestro bar, vamos a la barra con música chill out de fondo. Apoyo el bolso en el mostrador y saco el móvil. Lleva apagado desde que he salido de casa por la tarde. Lo apago por costumbre, ya aprendí de mi primera semana en la que un día me sonó mientras estábamos en antena. Quedó francamente mal que sonara, la verdad.

Meto el pin y espero a que se me abra la pantalla principal pero como veo que tarda demasiado por la poca cobertura que hay aquí siempre, lo vuelvo a guardar.

Miro de reojo hacia el fondo de la sala atravesando con mi mirada ese océano de luces azules y verdes cuyos destellos provienen del techo. A unos metros veo el fetiche de mis pecados. Ese sofá aterciopelado blanco con rayas negras con el que soñé, donde estaba tumbada y viendo cómo me quitaban las bragas y me empezaban a follar.

Una juguetona sensación recorre mi cuerpo y el pulso se me acelera un poquito. Estoy absorta en mi mundo.

Me tocan en el hombro y doy un respingo.

~ Su copa. Son ocho euros ~me dice el camarero.

Saco mi monedero y le pago. Recojo mi copa, introduzco una pajita, le doy un tímido sorbo y sigo los pasos de mis compañeras mientras voy mirando al suelo. Camino encorvada y ruborizada y no entiendo por qué. ¿Simplemente por el hecho de haber recordado mi sueño y acalorarme? Me siento como si de verdad hubiera tenido sexo allí y como si todo el mundo lo supiese y me mirara de forma acusadora.

Mis pies siguen los de mis amigas hasta justo ese sillón. Cada uno se sienta donde quiere menos yo, que voy la última y me toca la esquinita. Sin embargo, antes de sentarme, me quedo de pie, paralizada, observando la instantánea que tengo ante mí.

El sillón aterciopelado tiene forma de herradura y en el centro hay una mesa de cristal rectangular. A la derecha es donde tengo hueco para sentarme, a la izquierda es donde está Fernando Tejero, mi jefe y el técnico de sonido y en frente… ¡En frente es donde yo no paraba de gozar, de jadear y de disfrutar y…! Uuffff.

Escucho el latido de mi corazón por encima de la música. Una sonrisa traviesa aparece en mi rostro al tiempo que llevo, inocentemente, la pajita a mis labios. Tomo asiento e intento introducirme en las conversaciones, pero estoy como si no estuviera. Estoy distraída. No puedo evitar dirigir la mirada hacia la zona de mis sueños. Y, aunque yo no estoy allí sentada, estoy visualizándome a mí misma allí de rodillas sobre los acolchados cojines besando el pecho desnudo del sexy australiano. Acariciando su suave mejilla, arrancándole la camisa, sintiendo sus manos por mi cuerpo, sintiendo su fuerza…

Mmmmm.

Una llama nace en mi interior por culpa de la chispa de mi imaginación. Ahora mismo desearía estar haciendo eso y no aquí hablando con… con gente que jamás me tiraría.

Mi sexo comienza a arder de deseo y me pide a gritos que me suelte la melena y tenga fiesta privada. ¡Qué ganas de llamar a ese maldito australiano!

Pero no puedo llamarle…

¿O sí?

¿Me dio su tarjeta?

Me dio su tarjeta…

¡Me dio su tarjeta!

Al recordar que intercambiamos números de teléfono, meto la mano en el bolso y empiezo a rebuscar. Lo vuelco encima de la mesa y alguna amiga mía me mira como si estuviera haciendo algo raro.

Al encontrarla, la dejo sobre la mesita de cristal y la observo. Me entran los nervios ante la posibilidad de echar un buen polvo.

“¿Le llamo? ¿No le llamo?”, me muerdo el labio dubitativa. Miro a la tarjeta, al sofá, a la tarjeta, al sofá…

Mientras decido qué hacer recojo todo lo que ha salido de mi bolso hacia la mesa y lo guardo. Cuando acabo, aparto la mirada y, sonrojada, sonrío al suelo tras decidir que sí que le voy a llamar. Me vuelvo a llevar la pajita a la boca para intentar enfriar mi volcán en erupción y, al hacerlo, una gota proveniente de mi copa se desliza aterrizando sobre mi vestido, sobre el muslo izquierdo.

~ Tchs.

Chisteo en desaprobación, pero al llevar la mano hasta allí y acariciar dicha zona, una grata sensación fluye por mi cuerpo. El bello de mi piel se eriza cuando mi mano entra en contacto con mi única prenda.

Intrigante, levanto la ceja y echo un vistazo a mis compañeros. Todos están distraídos y sumidos en sus conversaciones. Nadie se fija en mí y en el pícaro pensamiento que aparece en mi mente.

Mi mano comienza a deslizarse bajo el filo de mi vestido. Mis uñas acarician mi piel y abro la boca en forma de sorpresa respecto a las sensaciones que ha provocado ese movimiento. De nuevo, echo un vistazo a mis amigos y, al ver que siguen sin fijarse en mi, repito el movimiento.

Mmmmm.

Los latidos de mi corazón aceleran y una frenética y ardiente sensación surge del interior de mi sexo. Vigilante, muevo mis dedos peligrosamente hacia el interior de mi muslo mientras la música desaparece de mis oídos para ser remplazadas por el fuerte sonido de mis pulsaciones. Contengo la respiración para no hacer ruido y miro nerviosa a todos lados. Me muerdo el labio pero continúo avanzando.

Uuffff.

¡Me encanta la sensación que recorre en mi interior! ¡Placer y riesgo!

… continúo avanzando.

Mmmmm.

Sigo avanz…

~ ¡Aahh! ~jadeo entre diente.

Mis ojos se me van al techo y giro la cabeza hacia el lado contrario al que están todos. Puff.

Acaricio mi sexo suavemente, lo rodeo…

¡Dios quiero más!

~ ¡Aahh! ~se me escapa un gemido entre los labios. La música ahoga mi sonido.

Aprieto mis muslos y aprisiono mi mano para que no salga de allí. Me acaricio con la mano y, al tocar mi clítoris, doy un bote de placer sobre el sofá.

~ ¡Aahh!

“¡Joder!”, se me ha escapado un gemidito en alto.

Todo el mundo se gira y me mira pero disimulo intercalando una falsa risa.

~ Tía, ¿qué haces? ~me dice mi compañera que está sentada a mi lado.

Me pongo roja con un tomate.

~ No, no… Nada, es que… se me ha caído un poco de la copa en el vestido y…

~ ¡Va! Da igual, no te preocupes, tampoco es tu mejor vestido.

Se gira y vuelve a su conversación.

“¡Uuffff! ¡Casi me pillan!”, me enfado conmigo misma. “¡Estás loca!”.

Frunzo el ceño y cruzo los brazos alrededor de mi pecho como una niña pequeña a la que acaban de castigar, pero el problema es que me ha encantado y ahora estoy más excitada que antes. Respiro hondo y trato de relajarme para pensar qué hacer.

En pocos segundos, la incomodidad desaparece de entre mis sentimientos y el color de mi rostro vuelve a ser el natural pero hay algo que no desaparece, y eso es es la ardiente sensación que se ciñe al interior de mis muslos. Estoy muy cachonda, he despertado la lujuria que estaba escondida en mi interior y una vez que se ha despertado quiero satisfacerla.

Como si estuviera poseída, llevo mi mano al bolso, saco el teléfono mientras con la otra agarro la tarjeta de mi australiano.

Miro a la pantalla y…

¡Joder! ¡Siete llamadas perdidas de un número que no tengo guardo!

Frunzo el ceño.

Voy a dar a la tecla de llamar pero un pálpito me viene a la mente y miro de reojo el número de la tarjeta que tengo en la otra mano. Y compruebo el número con emoción.

¡Es el mismo número!

“Jajaja, ¡Toma ya! ¡SEXO!”, casi doy un bote de la alegría.

“Un momento, también me ha escrito al WhatsApp”, voy a leer que a puesto.

Leo todo lo que me ha escrito. Me ha escrito un monto…

“¡Mierda!”.

~ ¡Mierda! ~repito esta vez en voz alta.

Me pongo de pie bruscamente con el móvil en la mano.

~ ¡¿Qué?! ¿Qué pasa? ~me pregunta mi amiga intrigada por mi reacción.

Al instante comienzo a partirme de risa, aunque intento ocultarlo  malamente llevándome la mano a la boca.

~ ¡Lo siento! ¡Me tengo! ¡Me tengo que ir corriendo!

Recojo mi bolso, me bebo lo que me queda de copa de un trago y me marcho rápidamente con los ojos vidriosos llenos de felicidad.

Salgo a la calle y llamo a un taxi. Le espero con impaciencia y, cuando llega, le grito con entusiasmo la dirección del estudio de grabación. Mientras le contesto a mi sexy australiano al WhatsApp, pero creo que no le llegan o no los lee o… no sé.

“Tiene que estar de un humor de perros el pobre…”

Llego al local de la radio, saco las llaves y comienzo a abrir cerrojos y puertas a toda velocidad. Las manos me tiemblan y, si estuviera hablando, la voz me vibraría. De un portazo entro en la sala y allí está… el chico de mis sueños, mi chico extranjero, mi australiano. Corro hacia él mientras me espera con rostro cabreado. Comienzo a besarle y, sin miramientos, le arranco la camisa.

¡Jajaja! Ahora entiendo por qué el becario me dijo que alguien estaba esperándome en la sala B. Vino a verme porque anoche le diría donde trabajaba. Aiiins. El pobre viene a darme una sorpresa, le dicen que espere y voy yo y llego tarde… ¡Pero no sabía que estaba en la sala de espera! ¡Fue todo tan rápido y confuso! Y claro, él me ha estado llamando pero yo tenía el móvil apagado y… ¡Oh! Ahora entiendo por qué al terminar el programa el becario me volvió a decir “¡Te SIGUIEN esperando en la sala B! ¡Jajaja!.

De un brinco subo mis piernas y las entrelazo a la altura de sus caderas mientras le pido mil disculpas.

Sorry, beso. Sorry, beso. ¡Sorry, beso! ¡Beso, beso, beso!

Encima, con las prisas de recoger todo e ir a celebrarlo, todos se olvidaron que él estaba allí. ¿Cuántas horas habrá estado esperándome? Pobrecito.

“No te preocupes que, ¡las mismas horas voy a estar yo ocupándome de ti!”.

Del impulso que he dado para subirme sobre él casi le tiro. Tiene que dar unos pasitos hacia atrás para mantener el equilibrio. Al principio parece reticente a mis besos pero mi pasión pronto le amansa.

Me abraza fuertemente haciendo que nuestros cuerpos se junten aún más y, después, baja sus grandes manos hasta mi trasero. Las cuela bajo mi vestido y lo aprietan con pasión mientras nuestras lenguas luchan ferozmente. Me sujeto firmemente contra él, pegando mi pecho contra el suyo y lanzando mis brazos por encima de sus hombros. Mi cadera se mueve como si estuviéramos ya en pleno éxtasis.

Noto como crece bajo sus pantalones lo que más deseo ahora mismo. Jugueteamos lanzándonos mordiscos.

~ ¡Au!

Me hace daño en el labio…

~ ¡Au!

Ahora es él quien se queja de dolor. Río traviesa y nos quedamos un magnífico instante mirándonos a los ojos. El mundo se detiene a mí alrededor. Con un sensual movimiento de cabeza hecho mi melena a un lado para mostrarle la piel de mi cuello y él se lanza inmediatamente a besarlo.

~ Mmmmm ~su ferocidad me hace maullar como una gatita.

Mientras me hace disfrutar, empieza a caminar y me sienta sobre el mueble alto del mueble de la recepción. Al apoyar mi trasero en la madera, desliza sus manos recorriendo mis costados por encima del vestido al tiempo que se va agachando y agachando.

Ahora mis manos están sobre su cabeza, entrelazándose con su cabello y realizando una suave presión para que continúe bajando.

Mmmmm.

Sube a besos por la cara interna de mis muslos y sigue adentrándose hacia mi sexo. Siento cómo retira mi preciosa lencería hacia un lado con el dedo y cómo su lengua…

~ ¡Aahh!

Me hacer gemir al utilizarla sobre mi clítoris.

Con sus manos me retira el culote y luego se lanza a comerme como un león hambriento a por su presa.

~ ¡Aahh! ¡Aahh!

Mis dedos se tienen que sujetar firmemente al borde de la mesa. Cada vez jadeo más y más alto. De pronto, sus manos agarran mis muñecas mientras la puntita de su lengua se cuela en mi interior.

~ ¡Aahh! ¡Siii!

Vuelve a mi clítoris y comienza a describir círculos a su alrededor. Mi respiración se exalta y mi rostro hace muescas de placer mientras mis manos continúan apresadas por las suyas. La presión que ejerce alrededor de mis muñecas y el hecho de no poder moverlas aumentan mi excitación. Mis pezones se endurecen, mis piernas se cierran alrededor de él y mis muslos presionan los lados de su mejilla.

~ ¡Aahh! ¡Aahh! ¡Sí, sí!

Estoy a punto de correrme.

Mi cadera se entrega a la pasión y comienza a hacer enloquecidos movimientos púbicos ascendentes y descendentes. Uuffff.

Le grito que me encanta, ¡que no pare!…

~ ¡NO PARES! ¡Sí! ¡Sigue!

Mi espalda se arquea y grito mi orgasmo.

~ ¡Ya! ¡Ya! ¡Aahh! ¡¡AAHH!!

Uuffff.

Mientras me recupero, siento cómo sus manos recorren mi cuerpo. Las lleva hacia mi rostro y las entrelaza con mi pelo. Lo agarra con ímpetu y da un tirón hacia atrás justo antes de besarme el cuello otra vez.

Mmmmm.

Mientras ronroneo, él aprovecha para pegar su cadera a la mía. Siento las caricias de su miembro entre mis piernas y, ansioso de deseo, me introduce la puntita de su polla. Sus movimientos comienzan a hacer que pierda los sentidos. Entre gemidos y bocanadas de aire observo que sigo sentada en lo alto del mueble. Calvo mis uñas en su trasero y le incito a que siga.

Tras un tiempo, sutilmente, deslizo una mano sobre su estómago y ralentizo sus movimientos. Hago que pare y que salga de mi interior. Desciendo, me pongo de rodillas y comienzo a saborear su miembro alocadamente mientras acaricio sus testículos, sus piernas, su culo…

Traviesamente, le suelto un cachete y noto que se exalta. No se lo esperaba. Río juguetonamente por su graciosa reacción. Me levanto y, con una amplia sonrisa, salgo corriendo para que me persiga.

Por el camino me quito el vestido por encima de la cabeza.

Miro hacia atrás y veo que me persigue con su bamboleante pene apuntando hacia mí. Jajaja. Es una imagen muy sexy y la mar de divertida.

Llego hasta la puerta del estudio, giro el pomo y entro en la sala A donde emitimos el programa. Mi australiano llega a mi altura y, tras apoyar su pecho contra mi espalda, sus manos recorren mis senos y bajan hasta mi sexo.

~ Mmmmm.

Al sentir su tacto me estremezco. Le cojo de la mano, le giro y le indico que se suba a la mesa. Se tumba boca arriba. Tras subirme yo, coloco mis pies a cada lado de su cuerpo y comienzo a bajar lentamente moviendo la cadera eróticamente para él. Flexiono las rodillas y desciendo hacia su cuerpo. Cojo su polla y la introduzco en mi interior.

~ Uuffff.

El placer me ciega. Comienzo hacer sentadillas sobre su sexo. Sin borrar la sonrisa de mi rostro, sigo subiendo y bajando. Después cambio el sentido y, tras apoyar mis rodillas sobre la mesa, muevo mi cadera hacia delante y hacia atrás. Acaricio mi cuerpo mientras me follo a mi sexy australiano.

Con cara de viciosa, le miro a los ojos alegrándome la vista. Desciendo mi tronco y desciendo hasta besarle mientras me muevo lentamente. Poco a poco comienzo a botar sobre su miembro.

Respiro profundamente mientras mi mandíbula se desencaja sonrientemente.

Pasado un tiempo de inmenso placer, me detengo para descansar y tomar aire, pero él no me da tregua y comienza a penetrarme, empujando hacia arriba.

~ ¡Aahh! ¡Aahh! ¡Aahh!

Me pilla desprevenida y grito gustosamente de sorpresa. Eleva sus manos y entrelazo mis dedos con los suyos. Comienza a acelerar tanto como un conejito. Su rostro y todo su cuerpo se tensan… lo que me excita aún más. Me grita que se va a correr así que rápidamente me levanto y me pongo haciendo un sesenta y nueve sobre la mesa. Me llevo su miembro a mis labios mientras él toma mi clítoris.

Salvajemente dirige su lengua hasta el punto de mi cuerpo que más placer me produce y, con pasión, azota mi trasero. Mis propios gemidos quedan ahogados en el interior de mi boca al estar ocupada. Mi lengua lame lujuriosamente su glande mientras mi mano sube y baja.

~ Mmmmm. Mmmmm.

Los dos comenzamos a descontrolarnos y a ir con más velocidad. Yo me la meto en la boca tanto como puedo. Luego rodeo su glande, pongo mis labios sobre su agujerito y succiono a la vez que lo acaricio con la lengua. Noto como se estremece. Y de pronto, y sin avisar porque tiene su lengua lamiéndome, sus piernas y su cadera dan espasmos de placer cuando expulsa su esencia. Mmmmm.

Recibo su semen y lo mezclo con mi saliva para dejarlo caer de nuevo sobre su polla. Después continúo chupando su sexo pero voy disminuyendo poco a poco la intensidad para seguir dándole placer.

Cuando queda completamente satisfecho, me detengo, me paso la mano por la boca para limpiarme algún resto que hay, me doy la vuelta y me recuesto sobre su pecho. Su profunda respiración me calma y dedico unos segundos a descansar. Siento que ya no está tan cabreado como cuando llegué lo que demuestra que el sexo es la mejor medicina para un cabreo.

Pasa un tiempo entre que nos vestimos, recogemos toda la ropa y cerramos el estudio con llave. Ya en la calle, volvemos a llamar a un taxi y nos vamos a mi casa.

Eso solo ha sido el anticipo de una larga noche. El pobre ha estado muchas horas esperándome, ahora yo estaré las mismas follándole.



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