Relato 9: Pícara sonrisa

Suspiro mientras le observo encandilada desde la tercera fila. Tengo los codos apoyados sobre la mesa y las manos sujetando mi barbilla.

Allí está él, con su grave y sexy voz y su vocabulario juvenil. Con su pelo lacio y largo como el de Brad Pitt en Legendas de Pasión. Con sus ojos verdes, su camisa y sus vaqueros tejanos.

De pronto sonríe al mundo y me acaloro. Me echo hacia atrás para recostar la espalda sobre el respaldo de la silla, miro hacia mi derecha, y mi amiga y yo nos reímos con picardía.


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— Qué bueno está —me dice Alba moviendo sus labios y sin emitir sonido alguno.

Yo la doy la razón con una mueca de mis dulces y carnosos labios coloreados con un toque brillante de rosa pastel.

Riiiing.

Suena el timbre al llegar el final de la clase y suspiro porque ya se acabó la hora que tengo cada día para contemplarle. Escucho murmullos, el ruido de las sillas echándose hacia atrás y el sonido de carpetas cerrándose. Mi amiga y yo recogemos, nos levantamos y nos vamos hacia la puerta entre cuchicheos.

Llevo la carpeta ceñida a mi pecho, abrazada por ambos brazos y cubriendo mi escote veraniego y mi colgante favorito.

— ¡Natalia!

Escucho que me llaman. Me giro con ilusión y veo que el profesor Martínez me pide que me acerque. Miro rápidamente a mi amiga con la definición de la alegría plasmada en mi mirada y bajo la carpeta para lucir mi canalillo. Dejo ver mi cadena fina de la que caen tres maripositas de plata justo sobre el valle de mis pechos. Dos de ellas son pequeñitas, con las alas azul cielo y blancas, y la otra es más grande y de color oro.

Cuando llego hasta él, me acerco y pongo mi mano sobre su bíceps al tiempo que le digo sensualmente:

— ¿Sí, profesor?

— Toma, me ha gustado mucho. Aquí tienes tu trabajo.

“Y aquí tienes mi número”, responde mi mente con deseo.

Sus palabras me enorgullecen y un cosquilleo revolotea en mi estómago. Tras concluir, se gira alejándose de mi lado y comienza a recoger los papeles que tiene sobre la mesa para guardarlos en su cartera de piel marrón oscura, mientras yo permanezco allí de pie, sonriendo. Ladeo la cabeza y le miro el trasero. Mmmmm. Me muerdo el labio. “Muy bien puesto, profesor”, pienso.

— ¡Natalia, vamos! —me grita Alba desde la puerta.

Con la mirada perdida en mi profesor, asiento con la cabeza, le hecho un último vistazo y me marcho tras decirle adiós bamboleando mi cabello castaño y mordiéndome el labio.

Salimos de clase y nos vamos a la cafetería que está medio vacía porque los de cuarto de empresariales somos de los pocos que tenemos clase hoy.

“Me da una rabia… ¡con lo que me gusta a mí salir los jueves universitarios!”

Somos siete los que nos sentamos en una de las grandes mesas, tres chicos y cuatro chicas, y nos pedimos unos tercios ya que en la cafetería de la universidad están mega-baratos.

El tiempo pasa entre risas y parloteo hasta que dan casi las dos de la tarde. La gente comienza a marcharse. Yo hace tiempo que he dejado de beber porque no quiero llegar pedo a casa, que luego me tumbo en el sofá tras comer y no hay quien me mueva de allí hasta la noche. Y hoy hace un día precioso como para malgastarlo así.

Los chicos ya van, como diría mi amiga Alba, “tajadísimos”. Se ponen a beber sin parar, echan competiciones de ver quien se acaba antes un tercio de un trago… para que luego no se les entienda ni hablar.

“Por eso a mí me gustan los hombres más maduros, como ese condenado y sexy profesor. Nada de niñatos y borrachuzos. Malotes o tontos con musculitos”.

A medida que salimos de la cafetería, todos comenzamos a desperdigarnos porque cada uno tiene que coger una línea de metro o un autobús distinto, aunque también hay otros que comenten la imprudencia de ir al parking a por el coche habiendo bebido. Pero bueno, allá ellos.

Camino con Alba a mi izquierda y con Marcos tonteando a su lado.

“¡Qué digo tonteando! ¡Yendo a saco!”

— Natalia para, que me he dejado la carpeta en la cafetería —me dice Alba.

— Yo te acompaño —dice Marcos.

— Vale —le contesta.

Arqueo una ceja sorprendida al escuchar a Marcos saltar como un resorte y al verla a ella sonriéndole.

“Cómo le gusta seguir el tonteo a los chicos que van detrás suya, jajaja. Alba es la mejor en eso”, pienso.

— Ok, yo voy hacia la parada, ¡pero si viene el autobús me voy que luego tarda mucho en pasar el siguiente! —grito mientras veo como se marcha con su sonrisa angelical y sus pantaloncitos vaqueros que la hacen un trasero fenomenal.

— ¡Vale, no te preocupes! —me contesta alzando y zarandeando una mano en modo de despido.

Para llegar hasta la parada de autobús, tengo que cruzar el parking, sortear a los coches, alcanzar la acera y… esperar. Al llegar al poste con el numerito 101, apoyo mi hombro mientras me pongo la música de mi ipad. Cuando me estoy poniendo el segundo auricular, escucho la puerta de un coche dando un portazo y me giro al instante.

— ¡Ooohh!

Murmuro pensativa al verle allí, con su pelo lacio y largo como el de Brad Pitt en Legendas de Pasión. Con sus ojos verdes, su camisa y sus vaqueros tejanos. Está algo asqueado y regresando hacia la universidad.

“Debe haberse dejado algo en el despacho”, pero no me importa. Molesto o no, enfadado o no, está igual de bueno.

Le sigo con la mirada y mordiéndome el labio hasta que desaparece de mi campo de visión. Dejo caer mi nuca contra el poste del autobús y suspiro. Suspiro por lo guapo que es, por lo sexy que es y porque su madurez me atrae como nunca antes me había sentido atraída. No me llego a imaginar lo que habrá ligado de joven, pero seguro que mucho. No me llego a imaginar la experiencia que puede llegar a tener en la cama, ¡pero seguro que mucha!

Mi mente traviesa comienza a jugar con mis emociones. El solo hecho de imaginármelo poseyéndome contra el capot de su coche, sobre la mesa de su despacho o en los baños de la segunda planta… Me excita muchísimo.

De pronto, escucho un frenazo.

“¡Ostras, el 101!”, rápidamente aparto mi fantasía de mis pensamientos, saco del bolso mi abono transporte y me subo.

Veo a una chica con gafitas sentada en la primera fila, dos chicos casi a mitad del autobús y ya, nadie más.

“Normal, es lo que ocurre cuando la universidad está en el culo del mundo”.

Me voy al final del autobús, dejo caer mis manos sobre mis muslos y apoyo la frente contra el cristal sintiendo su frescor. Mmmmm. Me gusta esa sensación y más cuando hace tanto calor.

Cierro los ojos mientras el gran vehículo se pone en marcha. De nuevo la viva imagen del señor Martínez, me viene a la mente.

“¡Dios! ¿Porqué me pone tanto ese hombre?”

Siento el tacto de mis dedos sobre la tela de mi falda y comienzo a acariciar esa zona con mis uñas. Suave, muy suavemente. Me divierto poniendo mi piel de gallina, erizando el vello de mi antebrazo alrededor de mi brazalete plateado, y pasando sutilmente el dedo por mi canalillo.

Disfruto de esa sensación y de los escalofríos que me recorren el cuerpo. Me estoy acalorando más de lo normal…

Con travesura, abro un ojo y miro al interior del autobús. No hay nadie fijándose en mí.

De pronto, el vehículo toma un bache y mi cadera salta un poquito hacia delante provocando que mi sexo roce la mano que volvió para cercar esa zona. Una maravillosa e ínfima sensación recorre mis venas. Me muerdo el labio y dirijo mi mano a terreno peligroso hasta acariciar mi ingle. Lo hago sin prisas, esperando a que mi sexo se humedezca más y más. Lentamente, coloco varios dedos sobre mis braguitas y lo acaricio haciendo suaves círculos. Mi vista se nubla, reposo la espalda contra el asiento y dejo caer la cabeza hacia atrás.

— Mmmmm.

Continúo dándome placer con cuidado de no acelerar, no lo quiero hacer, todavía no. Un primer ronroneo agradable intenta salir de mis labios cerrados. Mientras lo hago, pienso en mi profesor, en su mirada, en cómo sería su cuerpo bajo esa camisa fina…

Tras rodear mi clítoris un tiempo, miro por la ventanilla y observo a la gente por la calle. Justo en ese instante, aprieto mi maravilloso puntito de placer haciendo que la cara se me desencaje.

— Uuffff.

Sonrojada y traviesa por dentro, subo una de mis piernas al asiento doblando la rodilla y, al instante, mi mano libre se lanza a agarrar el borde redondeado del asiento de delante. Espoleada por las visiones del señor Martínez, acelero sintiendo una excitación latente por todo mi cuerpo y parpadeo velozmente mientras mi cintura se contonea de placer. Intento reprimir mis jadeos pero no lo consigo, el éxtasis me controla al imaginarme como mi profesor me abre la puerta de su despacho, me coge de la mano, me mete adentro cogiéndome por la cintura, me arroja contra la mesa y me folla duro por detrás mientras sigo con mi minifalda puesta.

— ¡Aahh!

Un gemido se me escapa en voz alta al seguir masturbándome. La mano de mi barandilla se lanza a tapar mi boca y con los ojos abiertos como platos miro a ver si alguien se está percatando de lo que estoy haciendo. Pero cuando voy a fijar la vista, otro espasmo de placer recorre todo mi cuerpo. No puedo parar, estoy a punto de gozar salvajemente…

No lo puedo entender, no entiendo este subidón que recorre mi cuerpo.

“¡Sí! ¡Sigue! ¡Sigue!”, grita mi mente el secreto que mis labios no pueden contar.

Acelero y acelero con un único objetivo, ¡mi orgasmo!

“¡Aahh! ¡Aahh!”

La mano que tenía tapándome la boca ahora está sobre mi rostro, acariciándolo. Me llevo un dedo lascivamente a mi boca y luego juego con el pelo que me cae hacia delante.

“¡Wow, sí! ¡Sí!”

Mi cuerpo se tensa y se estira en el asiento al sentir una explosión de placer llegar. ¡Me encanta! Mis largas piernas bajan hasta el suelo y mi culo se despega del asiento al tiempo que mi cadera se mueve apresuradamente hacia arriba y hacia abajo en el aire.

“¡Ya! ¡Ya! ¡Aaaahhh!”

Toda la palma de mi mano está sobre mis labios mayores, sobre mi clítoris, moviéndolo tan gozosamente como cuando lo hago libremente en mi cama. Pero ahora estoy, ¡en el autobús!

“¡Oh Dios mío! ¡Qué me corro! ¡Aaaahhh!”

No puedo parar, no puedo parar. Estoy casi de pie en el asiento y no me puedo fijar si alguien me está viendo. No sé si estoy callada o gritando como una perra. ¡Joder! ¡Qué llega!

“¡Qué llega! ¡Qué llega-AAAAHHHH! ¡AAAAHHHH!

Uuffff.

Mi orgasmo llega, mi cuerpo es recorrido por un torrente de placer y, al instante, caigo de nuevo sobre el asiento. Mis ojos hacen chiribitas y respiro con ajetreo. Mientras me recupero del esfuerzo, el autobús comienza a detenerse en la siguiente parada y una anciana se sube.

Yo, sigo despanzurrada en el asiento, tratando de respirar. Interiormente, comienzo a reír mientras sonrío tapándome la cara con las manos porque si hubiera tardado unos instantes antes… La pobre abuelita me podría haber pillado de marrón.

Cuando el autobús arranca y me acomodo en el asiento con una sensación de euforia que jamás había sentido. Con esa sensación en el cuerpo de haber hecho algo prohibido con un resultado ¡tan positivo como indescriptible! Ahora mismo no me puedo estar quieta, ¡estoy como hiperactiva! Jajaja, no me puedo creer ni yo, lo que acabo de hacer. Miro por la ventana pero solo veo mi ancha y mis ojos brillantes, brillantes…

“Esta felicidad la tengo que compartir con alguien”, me digo a mi misma.

Saco el teléfono y llamo a Alba. Ya debe de haber regresado de recoger su carpeta de la cafetería y estará tonteando con Marcos en la parada de autobús. Además, ya que la llamo, la confirmo que me he ido y que estoy bien.

Desbloqueo el teléfono, busco su contacto y la llamo…

Dos tonos, tres, cuatro tonos… Nada. Frunzo el ceño.

“Qué raro”.

Mi autobús se detiene en un semáforo y, cuando se vuelve a poner en verde, vuelvo a llamar a mi amiga.

Pero nada, da tono, pero no contesta.

“Qué raro. ¿Qué estará haciendo?”

Continuará…



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