Relato 12: Perversión Universitaria

~ ¡Mierda! Llego tarde.

Me levanto a toda prisa, me ducho y me visto.

Cojo del armario lo primero que encuentro; una falda, una camiseta y unas zapatillas. Salgo corriendo de casa y a los cinco minutos llego a la parada del bus.


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Miro el reloj.

“¡Joder!”.

Me apoyo en el poste rojo y cruzo los brazos a la altura de mi pecho mientras doy golpecitos impacientes en el suelo con la suela de mi zapatilla. Mi pelo sigue empapado. Una gota de agua se desliza por detrás de mi oreja y desciende lentamente por mi piel. Estiro el cuello y alzo la cabeza para mirar hacia la carretera, por donde debería aparecer el autobús que me lleva a la universidad.

Vuelvo a mirar el reloj.

“¡Mierda, joder!”.

Tras una eterna espera, aparece. Pico el ticket y me voy derecha a la parte de atrás. Me muerdo las uñas mientras miro por la ventana. Al darme cuenta de que lo estoy haciendo, me indigno, me detengo y aparto la mano.

“¡No puedo llegar tarde! Como se vaya, la lío”.

Mis piernas, nerviosas, no paran de castigar el suelo con rápidos movimientos ascendentes y descendentes.

“La lío, la lío, la lío”.

Piiiii

El estridente sonido del claxon me sobresalta y me saca de mis pensamientos.

De pronto, nos paramos en seco y mi cuerpo sufre una violenta sacudida. Instintivamente lanzo las manos hacia el respaldo del asiento que tengo delante. Al detenernos, echo la espalda hacia atrás y me aparto el pelo alborotado de la cara.

Frunzo el ceño.

Me incorporo en el asiento, como el resto de los pasajeros del autobús, y comenzamos a mirar, curiosos, para averiguar qué ha pasado. Veo gente en la acera que también se acerca a cotillear. No se ha escuchado ningún ruido, así que creo que no nos hemos chocado con nada; habremos estado a punto de dar un golpe a un vehículo o de atropellar a alguien. De pronto, observo cómo el conductor abre las puertas y desciende airoso del autobús, mientras se insulta con alguien que está en la calle.

“¿En serio? ¡Venga hombre! ¡Pero vámonos ya! Si ni siquiera os habéis dado…”.

Parece que esto ocurra aposta. Cuanta más prisa tienes, más inconvenientes surgen en el camino. Deberían inventar una ley que diga eso, como lo de la Ley de Murphy. Me vuelvo a sentar de golpe en el asiento, frunciendo el ceño, apretando los morros y cruzando los brazos con el gesto de un niño al que no le compran lo que quiere. Al reposar mis nalgas sobre el asiento, bufo. Una vez el conductor y el hombre de la calle han terminado de luchar por el orgullo, parece que nos podemos ir. Por fin se cierran las puertas del autobús y nos ponemos en marcha. Nos lleva unos quince minutos más llegar hasta la parada que hay cerca de mi universidad. Cuando desciendo, comienzo a caminar rápido, e intercalo entre mis pasos un pequeño trote antes del paso siguiente.

Llego al edificio de mi facultad. Subo los peldaños de dos en dos, apartando a la gente de mi camino. Ni siquiera me paro a saludar a varios compañeros de clase que veo en la entrada. Ellos ya han salido de la revisión del examen… Yo llego tarde, es mi último examen de la carrera y necesito hablar con el profesor para que no me suspenda… Si no me pasaré todo el verano estudiando para una asignatura, ¡la última!

Recorro los pasillos en dirección contraria a la avalancha de gente que se dirige hacia mí. Giro a la derecha y llego hasta la puerta. Agarro el pomo y lo giro… pero está cerrada.

“¡Mierda!”.

Vuelvo a insistir, generando un ruidoso traqueteo metálico.

“¡Mierda, mierda, mierda!”.

Frustrada, le doy un fuerte puntapié.

~ ¡Aahh!

Me he hecho daño. Giro sobre mí misma, mirando hacia todas partes, cojeando nerviosa. Me acerco de nuevo a la puerta y llamo con pasión.

Pum, pum, pum.

Un sonido grave se traslada al interior al golpear con el puño cerrado sobre la madera. Me pongo de puntillas y, curiosa, miro al interior por la ventanilla que da al aula.

“¡Ostras!”.

Rápida como una estrella fugaz, me agacho; he visto al profesor pegando su cara al otro lado del cristal.

Escucho cómo quita el cerrojo con su llave y abre la puerta.

Ahí está… con su barba de varios días. Me mira con su rostro serio y juvenil…

~ Ya creía que no iba a aparecer, señorita Moreno.

Lleva una americana gris conjuntada con unos vaqueros claros que… ¡madre mía, no dejan nada a la imaginación! La chaqueta abierta deja ver una camisa blanca que le sienta increíble. Me muerdo el labio al recorrerlo de abajo a arriba con la mirada.

~ Adelante.

Le sigo como un corderillo. Al darse la vuelta para acercarse a su mesa, giro inevitablemente el cuello para mirarle el trasero. Mi corazón comienza a bombear algo más que sangre.

~ ¿A qué se debe este retraso?

“Uuffff. ¡Qué bien le quedan, por Dios!”, pienso mientras me llevo la mano al pecho y fantaseo con su cuerpo desnudo.

~ Señorita Moreno, le he hecho una pregunta.

Su voz suena grave, fuerte… seria.

~ Lo siento, Andy. Tuve problemas para llegar hasta aquí.

~ Profesor Castillo ~me corrige.

Mmmmm. ¡Qué sexy se vuelve cuando se pone autoritario!

Llega hasta la mesa y se sienta en el borde. Tiene una pose increíblemente irresistible, con un pie apoyado en el suelo y la otra pierna recogida y doblada por la rodilla, con la suela sobre la madera del escritorio. La chaqueta le queda como un guante. Ha cogido mi examen y lo escruta lentamente con la mirada mientras yo llego hasta él.

Embobada por su elegancia juvenil, y por culpa de mi estupidez, no veo el peldaño que hay delante de su escritorio, tropiezo y caigo hacia delante. Al trastabillar, estiro mis brazos hacia delante para detenerme agarrándome a la mesa… En menos de un segundo mis manos se aferran a algo y, por suerte, evito una bochornosa caída.

Mi pulso se ha disparado y se me ha hecho un nudo en la garganta. Parpadeo ansiosamente. Al enfocar la vista en el suelo, veo cómo una hoja rajada de papel se desliza suavemente hacia él. Es mi examen.

Levanto ligeramente la vista y veo que me he detenido poniendo las manos en los muslos de And… perdón, del profesor Castillo; tengo la nariz a la altura de la hebilla de su cinturón.

“¡Joder! Llego tarde, hago el ridículo y encima rompo mi examen al tropezarme. ¡Me va a suspender!”.

Me entran ganas de llorar y de llevarme las manos a la cara para cubrírmela, pero, en lugar de eso, mis dedos retuercen la tela vaquera de sus pantalones. Poco a poco la van soltando y se van deslizando hacia el lugar donde apunta mi nariz.

Noto que da un respingo, pero no me detiene. Me llevo un dedo a los labios y le ordeno silencio. Entonces, él se acomoda en la mesa y me retira el pelo de la cara.

Desabrocho su cinturón y sus vaqueros se caen por culpa de la gravedad… Comienzo a besar su estómago mientras mis uñas se deslizan por el interior de sus muslos hacia arriba. Jugueteo con él unos instantes para mi propio deleite.

Luego, introduzco mis manos entre su piel y la tela de los bóxers, y agarro con fuerza mi preciado tesoro. Siento que se relaja echando el tronco hacia atrás y apoyando las manos en la mesa.

Muerdo la tela y comienzo a bajarla con los dientes mientras lo miro. Cuando mi camino está libre, comienzo a disfrutar con su flácido juguetito. Quiero hacerlo crecer y verlo.

Me lo llevo a la boca, primero acariciándolo con mi lengua y luego bajando y subiendo, pero parece que tarda en despertar.

Comienzo a acelerar mis movimientos. Mis manos acarician sus testículos mientras me lo introduzco completamente en la boca. Comienza a crecer… pero se queda a medio camino.

Llevo mis dos manos hacia su semierección para batir con fuerza mientras gimoteo para él. Salvaje y lujuriosa, comienzo a hacerle sexo oral… pero no ocurre nada.

Comienzo a subir y a bajar por el tronco mientras intercalo perversiones para excitarle.

~ ¿Quieres follarme?

Le muerdo la puntita, noto que se retuerce. Mis muñecas fluyen vigorosamente, pero nada, no funciona.

“¡Joder!”.

Me empiezo a frustrar. Escucho cómo él gime, pero aquello no se levanta.

“¿¡Pero qué coño pasa!?”.

Como si estuviera poseída, jadeo y muevo mi cabello de un lado a otro lamiendo su sexo. Hago todo lo que se me ocurre. Acelero más y más mis movimientos…

“¡VAMOOOOS! ¡QUE SE TE PONGA DURA YA!”.

Me comienzo a descontrolar y enloquezco a la par que mis acciones. Con una sola mano, empiezo a bombear tan veloz como puedo. De pronto, le escucho gritar… pero no de placer, es un grito lleno de agonía.

Lo miro y veo bichos subiendo por su tronco, sus manos fundiéndose con la madera de la mesa, el aula comenzando a girar en torno a mí transformándose en el infierno.

Me aterrorizo, lanzo un aullido desgarrador, me pongo histérica; pero mi mano, inagotable, no deja de masturbarlo poseídamente, como si estuviera pegada a él. No puedo parar, no puedo alejarme de él.

Un terrible alarido envuelve el río de lava que hay bajo mis pies y saltan gotas de sangre sobre mi cara. Mi brazo, dolorido, se detiene sujetando un objeto arrancado del cuerpo de…

~ ¡AAAAAAAAHH!

Doy un brinco de la cama. Me llevo la mano a la cara. Estoy sudando, sofocada e hiperventilando, muy alterada. Tengo los ojos abiertos de par en par. Mi corazón golpea mi pecho tan violentamente como un taladro de obra.

Me palpo todo el cuerpo para cerciorarme de que estoy viva, de que soy real… de que estaba teniendo una pesadilla.

Poco a poco me voy tranquilizando y me dejo caer sobre la cama. Miro al techo mientras se agolpan en el interior de mi cabeza extraños pensamientos.

Transcurrido un tiempo incalculable, consigo serenarme por completo. Bostezo y me retuerzo en la cama para desperezarme. Giro la cabeza hacia la ventana y veo que entra un montón de luz. Estiro el brazo izquierdo hacia la mesilla de noche y cojo el reloj.

~ ¡Mierda! Llego tarde.

Me levanto a toda prisa, me ducho y me visto.

Cojo del armario lo primero que encuentro: una falda, una camiseta y unas zapatillas. Salgo corriendo de casa y a los cinco minutos llego a la parada de bus.

Miro el reloj.

El autobús llega antes de tiempo.

“Bien, así llego antes”. Tengo la suerte de que, aunque voy con prisas, no ocurre ningún altercado. Todos los semáforos en verde. Sonrío.

Llego a mi universidad.

He llegado en tiempo récord, y como he recuperado el retraso con el que me he levantado, me paro a saludar a los amigos que me encuentro. Me comentan que ya han salido de la revisión del examen y que apenas quedaba ya gente.

Yo no tengo que ir a revisión porque he aprobado, aunque igualmente voy a ir a ver al profesor por otro asunto.

Cuando termino de hablar con ellos, entro en el edificio y me detengo, esperando a que mi vista se adapte a la escasez de luz.

Continúo caminando y me encuentro por el pasillo a Jorge y a Esther. La pobre está llorando… eso es que ha suspendido y no le han aprobado en la revisión. ¿Y él?

Pesado, pelota y baboso que lleva todo el año detrás de ella, le está dejando su hombro para llorar. Patético.

Los saludo con un gesto de la cabeza y sigo caminando. No me apetece ver a alguien haciendo pucheros, y menos justo antes de lo que me dispongo a hacer.

Tomo el primer pasillo hacia la izquierda. Llego hasta mi clase.

Agarro el pomo y lo hago girar. Este se atasca y no hace el giro completo. La puerta está cerrada con llave. Aquí no hay nadie.

Sigo caminando hacia delante, llego hasta el final del pasillo y me dirijo hacia las escaleras. Subo hasta la tercera planta y pongo rumbo al despacho 351.

Llamo a la puerta.

~ Adelante. ~Le escucho decir.

Entro. Ahí está… mi Brad Pitt particular.

Cierro la puerta a mis espaldas, pero me quedo apoyada coquetamente con ambas manos detrás de la espalda, agarrando el viejo pomo dorado y oxidado.

Varios mechones de pelo se interponen en mi campo de visión.

~ Ya creía que no iba a aparecer, señorita Moreno ~me dice con la vista puesta en su mesa. Me encanta que me llame así.

~ Por nada del mundo me iba a perder esto, profesor ~le digo coquetamente.

Se levanta de su silla y se acerca poco a poco a mí, quitándose la americana gris que le sienta como un guante.

Hoy es el último día oficial de clase y ya no tenemos por qué ocultar nada. Por fin podremos disfrutar de nuestro romance una vez que me gradúe.

Según avanza, siento que una ardiente excitación recorre todo mi cuerpo. La misma sensación que la primera vez que follamos en el parking de la universidad, hace ya seis meses. La misma sensación que la segunda vez en los baños de la planta baja. La misma sensación que las más de veinte veces que lo hemos hecho por la universidad.

Pero esta es especial. Él quiso reservar su despacho para el día que yo acabara el último curso, y con eso, lo único que consiguió es que a cada día que pasara me entrasen más ganas. Ahora estoy a punto de cumplir mi fantasía: tirarme a mi joven y atractivo profesor en su despacho…

Dios, no podéis imaginar cómo lo deseo.

Cada paso que le acerca a mí hace que mi sexo se deshaga un poquito más. Uuffff.

Deja caer la chaqueta de sus manos y se dirige hacia mí con su madura mirada. Me muerdo el labio al recorrerlo de abajo a arriba con la mía.

“¡Quiero que me arranque la ropa ya! ¡Quiero que me coja, me lleve hasta su escritorio y me folle sobre él!”, mi interior aúlla desesperado Pero yo sé que él no es así. Primero hará que me estremezca dulcemente y cuando yo ya no pueda aguantar más, es cuándo empezará.

Por fin llega hasta mí, y continuando con mi magnífica interpretación de colegiala inocente, giro tímidamente la cabeza hacia la izquierda y hacia abajo, como si estuviera ruborizada.

Su dedo índice acaricia mi barbilla y me obliga a mirarle a los ojos.

~ ¿A qué se debe este retraso?

Retiro la cabeza, impactada por su presencia. Me encanta mi papel… y a él también.

~ ¿A qué se debe este retraso, señorita Moreno?

No contesto.

~ Señorita Moreno, le he hecho una pregunta.

Su voz suena grave, fuerte… seria. Mmmmm.

~ Yo… yo… me quedé dormida, profesor.

~ Es profesor Castillo.

~ Perdón, profesor Castillo, me quedé dormida.

~ Eso está muy mal, señorita Moreno. ¿Y si por quedarse dormida y faltar a nuestra cita…? ~Hace un parón, durante el cual se humedece los labios~. ¿Y si por llegar tarde la suspendo?

~ ¡No, no! Por favor. Se lo suplico… haré lo que usted me diga. Por favor, no me suspenda.

Aparece una sonrisa traviesa en su rostro. Separo mis manos del pomo de la puerta y las llevo hacia sus vaqueros. Comienzo a acariciarle la entrepierna con mi carita de ángel.

Escucho cómo murmura de placer.

~ Creo que podremos llegar a un acuerdo, señorita Moreno.

Dulcemente mi chico fantasía comienza a acercarse, eliminando el espacio que queda entre nosotros.

Posa sus labios juguetones en mi piel y se lanza a besarme el cuello. Mis manos comienzan a subir, sacando su camisa de dentro del pantalón. Mis ágiles dedos desabrochan sus botones.

El tacto de su lengua me estremece a cada roce y sube hasta el lóbulo de mi oreja mientras pega su cadera contra la mía, obligándome a emitir suaves jadeos.

Su varonil mano derecha se cuela traviesa en el interior de mi muslo y comienza a subir. Antes de llegar a mi punto de placer, se detiene, y me impaciento porque estoy deseosa de comenzar a disfrutar.

Por fin continúa, y al llegar y acariciarme…. Mmmmm. Instantáneamente tengo que abrazarlo para no caerme de placer.

Sus dedos se infiltran en mis braguitas y comienza a masturbarme. Mi uñas se clavan en su espalda, arañando la tela de su camisa.

Juguetea con mi sexo, mientras yo me encuentro impotente a su merced. Mi cadera se revoluciona y tengo que ahogar mis gemidos en su hombro.

Ahora noto una sensación indescriptible recorriendo mi interior.

~ ¡Aahh!

Mi sensual y erótico sexo parece un helado de vainilla que se derrite al sol al colarse un dedo en su interior. Como respuesta, le muerdo el pecho como lo haría una cría de león.

Comienza a acelerar sus movimientos y, mientras me deshago, me lanzo a sus labios. Alocadamente comenzamos a besarnos al mismo tiempo que mis manos alborotan su cabello.

Me encanta gemir de placer mientras nuestras lenguas luchan.

De pronto, sus manos bajan hasta mis nalgas, me agarran con fuerza y me elevan mientras mi espalda sigue apoyada contra la puerta.

Enredo mis piernas alrededor de su cintura e intento arrancarle la camisa como puedo, pero no lo consigo y se enreda, ya que sus manos tienen mi trasero bien sujeto.

Nos quedamos un eterno segundo mirándonos a los ojos y me quedo absorta observando la pequeña chispa que salta en su interior. Le acaricio cariñosamente la barba de dos días y él agradece mi gesto con un dulce y magnífico beso.

En ese momento, mis sentidos se alejan de la realidad y se zambullen en un viaje a través de un mar de placer.

Me gira en el aire. No me lo esperaba y se me escapa un gritito. Me agarro a él con fuerza mientras sonrío.

Me lleva hasta su mesa, me sienta sobre ella y aprovecho que sus manos quedan en el aire para quitarle la dichosa prenda. Comienzo a desabrocharle el cinturón mientras beso lujuriosamente su pecho, sus pezones, su estómago…

Lo libro de toda la ropa y, fervientemente, lamo su sexo jadeando de placer. Me retira el pelo de la cara y con ambas manos me lo sujeta en forma de coleta para comenzar a darme ritmo. Al tiempo que disfruta, aferro su culo y le doy un pícaro azote.

Escucho su sensual ronroneo.

Cuando está más que listo, me coge por un brazo y me levanta. Me gira y me inclina la espalda para apoyarme sobre la mesa.

Me levanta la falda deportiva blanca y me hace temblar de placer al tomarme fuertemente por detrás. Sus movimientos son vigorosos y obligan a mi cuerpo a caer sin oposición sobre el escritorio.

Pongo una de mis manos sobre la mesa pero resbala al apoyarse sobre unas hojas de papel en vez de sobre la madera.

De una repentina y pasional pasada, arrojo al suelo todo lo que tiene encima. Mientras los papeles caen de la mesa y los bolígrafos repiquetean contra el suelo, yo me relajo y disfruto.

Sus manos comienzan a acariciar mi espalda, subiendo hasta agarrar con fuerza mi preciada melena. Mmmmm. Tirando vigorosamente de ella mientras continúa penetrándome sin descanso.

Me encanta su ritmo y el empeño que pone. Cada vez que entra y sale de mi interior siento su experiencia, siento cuánto le excito y cuánto me desea. Noto que soy su fantasía, una chica más joven sedienta de sexo y llena de lujuria; noto que quiere darme placer y que con solo mirarme se excita.

~ ¡Aahh!

Grito ahogando mi gemido contra la mesa, sobre la que apoyo mi rostro.

Poco a poco, comienza a disminuir la velocidad. Obtengo un momento de respiro, aunque sus lentos movimientos hacen que mis piernas tiemblen.

Noto cómo sus manos sujetan con fuerza mi trasero. Al poco tiempo, desliza una de ellas por mi cadera, la rodea llegando al abdomen y desciende hasta mi sexo.

Todavía con su erección en mi interior, elevo mi tronco y me incorporo, quedándome de pie mientras acaricia mi puntito de placer.

Introduzco mis manos por debajo de mi camiseta, las llevo hasta mis pechos y comienzo a acariciarlos mientras noto sus besos por mi espalda.

Sigue presionando mi clítoris y, por su culpa, mi cadera se mueve como la de Shakira en la canción de Loca. Mmmmm. Cada movimiento espontáneo de mi cintura genera una estremecedora descarga de energía que me nubla los sentidos.

De pronto, sus juguetones dedos se separan y se ciñen sobre cada una de mis muñecas, agarrándolas con energía, tensándome los brazos hacia atrás.

Mi torso está suspendido en el aire, inclinado noventa grados respecto de mis piernas, pero la tensión que él ejerce tirando de mis brazos hacia atrás encorva mi espalda hacia arriba.

Comienza a penetrarme con mayor vigorosidad y yo a gemir con mayor fogosidad.

Sus ataduras apenas me permiten moverme. El cuerpo se me tensa. Mi orgasmo llega. Los ojos se me van al techo mientras mis palabras atraviesan las paredes.

~ ¡Profesor Castillo! ~le grito entre jadeos. Noto cómo se enciende más e insisto.

~ ¡Sí, sí! ¡Profesor! ¡Me corro profesor Castillo! ¡Síii!

Mi pelo va de un lado a otro y siento que una catarata se precipita entre mis muslos.

Un haz de placer recae sobre mí. Grito y sigo gritando durante mi interminable orgasmo. Decenas de espasmos recorren mi cuerpo haciendo que se agite descontroladamente como una montaña rusa.

Uuffff.

Mientras me estremezco, su sexo poseído continúa en mi interior. Comienzo a escuchar sus gruñidos gracias a que he dejado de gritar. Ahora ya solo jadeo con la boca abierta y tomo enormes bocanadas de aire para poder oxigenar mi cuerpo.

De pronto, suelta mis muñecas y rápidamente las llevo sobre la mesa para no caer de golpe sobre ella. Relajo mi cuerpo y apoyo mi pecho y mi estómago sobre la madera.

Noto una fuerte presión sobre mi piel. Sus dedos se hunden en mi carne sujetando mi trasero con fuerza mientras da sus últimas embestidas.

~ ¡Sí! ¡Ya, ya, señorita Moreno! ¡Aahh! ~lo escucho chillar alargando la última o de mi apellido.

Me encanta que anuncie su orgasmo de esa manera. Mmmmm. Me remata y me hace ver colores. Durante unos segundos solo veo chiribitas.

Noto su peso sobre mi cuerpo, ha caído rendido sobre mí. Siento su profunda respiración y el tacto de su piel sobre la mía.

Mientras continúo con los ojos cerrados, débilmente intenta acariciarme los hombros y los brazos. Una sonrisa de satisfacción aparece sobre mi rostro y permanecemos abatidos sobre la mesa de su despacho durante un momento eterno.

Siento que se levanta de encima de mí y aprovecho para incorporarme también. Me giro y lanzo mis brazos alrededor de su cintura, poso mi cabeza sobre su pecho y lo abrazo enérgicamente, él me devuelve el achuchón.

Al separarnos, me acerco con dulzura a sus labios y cierro los ojos al besarle. Suspiro profundamente.

Cuando mi beso de película acaba, nos comenzamos a vestir y a arreglar.

De pronto, llaman a la puerta y escucho cómo el pestillo se gira. Rápidamente lanzo mis manos sobre mi cabello y me lo atuso para recolocarlo.

Se abren paso fuertes pisadas en el despacho. Es el Director de la Universidad.

Mi fantasía y yo cruzamos una rápida mirada. “¡Joder!”. La tensión se palpa en el ambiente.

Me ruborizo y me cago de miedo, pero de cara al exterior muestro una pose segura de mí misma, orgullosa, con el pecho hacia fuera y las manos entrelazadas detrás de la espalda.

Sin mediar palabra, se acerca con paso firme hacia la mesa del profesor Castillo y le deja un sobre.

Las manos me comienzan a sudar, al igual que la frente. Mis piernas comienzan a temblar más que cuando estaba disfrutando… Si nos llega a pillar se nos habría caído el pelo. Unos minutos antes y nos habría encontrado follando en…

Se da la vuelta, me mira de arriba a abajo…

“Pervertido”, le digo con la mirada.

… y se marcha.

Mantenemos la compostura durante unos momentos esperando a que se aleje.

Cuando ya nos sentimos seguros, dejo escapar un gran suspiro y relajo mi cuerpo. Vuelvo a tomar un par de gigantescas bocanadas de aire mientras los latidos de mi corazón retumban en mis oídos.

Estas son las cosas que te hacen disfrutar más del sexo en lugares públicos, que estén a punto de pillarte pero que realmente no lo hagan.

Nos empezamos a reír. Él se levanta y me abraza. Me gustaría quedarme eternamente entre sus cálidos brazos, pero no puedo.

Nos despedimos y le dejo a solas para que continúe con su trabajo mientras yo me marcho a casa para preparar todo para esta noche. Nos vamos a celebrar que hemos acabado los exámenes.

Ring, ring, ring.

Estoy en el salón con mis padres.

Ring, ring, ring.

Me llaman al móvil. Me lo saco del bolsillo y contesto.

~ ¿Sí?

~ Tía, soy yo, Sole.

~ ¡Hola Sole! ¿Qué tal?

Soledad es una de mis mejores amigas de la universidad, pero, como es obvio, no sabe nada de mi relación con el profesor porque nadie se podía enterar.

~ Bien, bien. ¡Qué fuerte! ¿Todavía no te has enterado?

~ ¡No, no! ¿De qué? ~le respondo, intrigada y exaltada.

~ Hoy, tras las revisiones, nos hemos quedado por la universidad, bebiendo por aquí. Bueno, pues la cosa es que hemos ido al baño y hemos visto al profesor Castillo, el que está tan bueno. Iba caminando a toda prisa, hecho una furia con una carta en la mano.

Al escuchar sus palabras, se me hace un nudo en el estómago… “¿Por qué? ¿Por qué estaría hecho una furia? ¿Una carta? ¿Será lo del sobre que le ha entregado el Director?”.

Cientos de preguntas invaden mi mente. Empiezo como a sentirme pequeña y con frío.

Ring, ring, ring. “¡Joder! Ahora empieza a sonar el teléfono fijo del salón”.

~ Total, que nos ha invadido la curiosidad y le hemos seguido hasta el despacho del Director. Ha entrado de mala gana y vociferando… Espera un segundo. Sí, sí, se lo estoy contando, estoy hablando con ella… ~le escucho decir de fondo.

Mi madre descuelga el teléfono del salón y contesta a la llamada mientras yo espero impaciente a conocer el resto de la historia. Medio histérica doy golpecitos con el pie en el parqué.

~ ¿Por dónde iba? Mmmmm. ¡Ah, sí! Pues que le hemos escuchado gritar y tal. Resumiendo, que al parecer le han despedido…

El mundo se me cae a los pies. Me hundo en el sofá. Apenas escucho sus palabras. Me llevo la mano a la boca y mis ojos comienzan a humedecerse.

~… en la carta no ponía el motivo y él fue a pedir explicaciones. Al parecer ha estado acostándose con unas cuantas alumnas y los padres de una de las chicas lo ha denunciado al enterarse. Todavía no se sabe quiénes son las chicas de las que se estaba aprovechando, pero pronto se sabrá, porque, al parecer, también las van a echar de la Universidad a ellas. Menudas guarras, tirándose al mismo profesor… seguro que tienen todas una matrícula en su asignatura. Así que… eso es lo que ha pasado, muy fuerte tía. ¿No crees? ~Silencio~. ¿No crees? ~Silencio~. ¿Estás ahí? ¿Hola? ¡Mierda! Creo que se ha cortado…

Al final de la conversación mis sentidos se han nublado y se me ha caído el móvil al suelo.

Llevo mis manos al rostro y cubro mis lamentos y sollozos. Me han engañado… Me han traicionado… ¿Ha estado con otra? ¿Con otras? ¡No, no puede ser! ¡ERA MÍO! ¡Es mi fantasía! ¡Me quería solo a mí!

Sole me ha mentido, no hay ninguna otra mujer. Él solo desea estar conmigo. No puede haberme engañado, el no es así. ¡NO ES ASÍ!

Siento que me asfixio y una presión horrible se aferra a mi pecho. Necesito espacio, necesito aire. Quiero salir de mi casa. Necesito salir corriendo de aquí. Me limpio las lágrimas con la manga y me pongo en pie.

Levanto la vista del suelo y me topo con mi madre. Me dice algo pero no le presto atención. Paso de largo. Paso de ella.

De pronto me agarra una muñeca y me revuelvo furiosa, con la vena hinchada, como con ganas de matar a alguien.

~ Ha llamado el Director de tu Universidad. Dice que tenemos que hablar.

En ese momento, me caigo de rodillas como si me pusieran una gran bola de acero en la espalda. Rompo a llorar en el suelo. Mi cuerpo siente tanto dolor que casi estoy sufriendo espasmos. No puedo describir cómo me siento…

Frustrada, débil, humillada, engañada, apuñalada por la espalda y traicionada; utilizada, pisoteada… pero, ¿por quién? ¿Por mi profesor, por mi amiga, por la persona que se ha chivado al Director?

Siento que mi madre se arrodilla junto a mí y me intenta consolar con sus dulces palabras. Me acaricia el pelo y lleva mi cabeza contra su pecho.

Aguarda compasiva, sin mostrar lo que está sufriendo interiormente al ver a su hija abatida.

Poco a poco comienzo a recuperar las fuerzas y me separo ligeramente de la calidez del abrazo de mi mamá.

~ Cielo ~me dice suavemente, mirando a mis ojos irritados~. ¿Qué ha pasado? Nos ha llamado el Director, nos ha dicho que tiene que hablar con nosotros respecto a un profesor. ¿Qué ha pasado?

Siento la mirada de mi madre… ella es tan buena y tan tierna… debo decírselo.

“¡Pero eso me puede hundir más! Si se lo cuento y se enfada, si me rechaza o algo peor… no lo voy a poder soportar”.

~ Cielo. ¿Qué ha pasado?

Debo contestarle algo. Tiene esa cara de niña buena que… Uuffff. Pero no, no puedo, jamás lo entenderá.

“¡DIOS! ¿¡QUÉ HAGO!?”.

~ Sabes que puedes contármelo. Confía en mí.

Agacho la cabeza en señal de sumisión e intento hablarle…

~ M… ma… mamá. El mo… motivo por el que…

~ ¿Sí? Cuéntamelo, cariño.

~ E… el… profesor… Cast… Castillo… ha sido expul… expulsado porque… ~Respiro fuertemente por la nariz~. Porque… él… yo… ~Lloro tanto que mis lágrimas podrían desbordar el Nilo~. Él… le han echado por mantener se… sexo con alumnas…

Siento que mis palabras atemorizan a mi madre. Se le ha tensado el cuerpo y se ha separado unos centímetros de mí.

~ Cariño, me estás diciendo que ese profesor…

No quiere terminar la frase. Lo sé, está tan aterrada de que su hijita haya podido hacer algo tan moralmente incorrecto para su mente anclada en los años cincuenta, sesenta… que no se atreve a terminar.

Yo no puedo permitir eso, no puedo permitirme perder a mi madre. La quiero con locura, es la persona más importante de mi vida… No puedo hacerle tanto daño.

Inspiro profundamente y me lleno de valor antes de decir…

~ Me violó.

Vuelvo a romper a llorar y mi cuerpo cae abatido hacia el suelo. Me agazapo en postura fetal con una horripilante sensación que jamás había sentido. Por primera vez he mentido a mi mamá.

Transcurre una hora y solo mi llanto y los casi inaudibles sollozos de mi madre han estado rompiendo el tétrico silencio de mi casa.

Tras reunir fuerzas suficientes, he conseguido levantarme e inventarme una historia para mis padres. Ahora estoy en el baño, observando mi cara manchada por restos de lágrimas, con mi pelo alborotado y mis ojos rojos por el esfuerzo de llorar.

Todo ha pasado muy rápido y lo he hecho sin pensar pero ahora que tengo un instante para respirar y debo a analizar mejor la situación.

“Seis meses ocultando una relación con mi profesor, nadie lo sabía y, de pronto, esa información ha llegado a oídos del Director pero, ¿qué tipo de información?”.

“¿Rumores? ¿Sospechas? ¿Me habrá visto algún alumno? ¿Algún profesor? ¿Los de la limpieza? ¿Las cámaras de la universidad? Mmmmm. No, porque no hay por los pasillos ni en los despachos. Quizás alguna otra persona de la universidad me ha visto, pero si fuera así, a no ser que nos pillaran explícitamente teniendo sexo solo serían rumores y éstos, no son lo suficientemente fuertes como para expulsar a un profesor. No, nadie sabe lo nuestro, al menos no con suficiente seguridad como para poder afirmarlo y demostrarlo, nos hemos ocultado bien”.

“Solo veo… solo veo la posibilidad de que se estuviera liando con otra y esa lagarta se haya chivado. Pero, ¿por qué me engañaría? Soy guapa, soy  joven, hacía todo lo que me pedía… en la cama y fuera de ella. Incluso hasta estudiaba y no me aprobaba por la cara porque existía la ínfima posibilidad de que alguien pudiera ver que mi examen era de suspenso y, sin embargo, tenía una matrícula… La nota me la ha subido un poco, sí pero yo también he trabajado… Puff. Solo veo la posibilidad de que el muy cabrón me estuviera engañando y hubiera más chicas… y que se le haya ido la situación de las manos y le hayan pillado con una de las alumnas”.

Mi dolor se torna en frustración. De pronto, suelto un puñetazo contra el borde del lavabo.

“¿Se habrá estado follando a otras?” Me asaltan las dudas. “Siempre me decía que no debíamos hacerlo en el despacho, que solo disfrutaríamos allí cuando me graduara, ¿y si me dijo eso, no para aumentar el morbo cuando llegara el momento, sino para mantenerme alejada de allí y no coincidir con alguna otra? Me comió la cabeza para hacerme creer que ese sitio era prohibido, que si iba a su despacho podría traernos muchos problemas pero hay cientos de momentos en los que no hay nadie por la universidad. Podría haberme llevado en cualquiera de ellos, ¿porqué realmente quería mantenerme apartada de su mesa de trabajo?”.

Cierro los puños fuertemente, al igual que la mandíbula.

“¡Quiero gritar! Ese cabrón, ¿me ha estado engañando? ¡¿A mí?! ¡Yo le quería! Me gustó desde el primer día y cuando estaba con él me hacía sentir ¡única! ¡¿Por qué me mantenía alejada de allí?! ¡¿Por qué se enfadaba cuando le sacaba ese tema?! Si me ha estado engañando, juro que me las va a pagar”.

Miro furiosamente al espejo del baño. Veo la rabia que he estado acumulando y, justo en ese momento, recuerdo las palabras que le dije a mi mamá.

“Me violó”.

Y vuelven a repetirse en mi cabeza.

“Me violó”.

No sé cómo lo haré pero si ha estado con otras alumnas… me las va a pagar.

~ Me violó ~repiten mis labios sin pronunciar en voz alta.

Salgo del baño con mi rostro de abatimiento, temblando y sufriendo por lo que supuestamente me ha ocurrido.

Observo a mi madre con el teléfono en la mano, envuelta en lágrimas y con la mirada perdida. Al colgar, me dice que estaba hablando otra vez con el Director y que un coche patrulla viene hacia a casa, vienen a recogerme, al igual que a otras dos alumnas.

“¡Oh! ¿Otras alumnas? ¡¿También va la policía a casa de otras alumnas?! ¡¡SERÁ HIJO DE PUTA!!”

Esa información que me da mi madre me hace ver y me demuestra que no he sido la única.

“¡¡¿OTRAS ALUMNAS?!!”

Estoy casi entrada en cólera pero debo reprimir mis sentimientos porque aseguré que me habían violado y una chica a la que la violan no se siente cabreada y más si a otras mujeres les han hecho lo mismo… “supuestamente”. Así que vuelvo a romper a llorar.

Mis padres se acercan rápidamente y me ayudan a sentarme en el sofá.

Tras un incómodo silencio de más de media hora, con mi madre saliendo a la terraza a fumar y mi padre preguntándome a cada minuto si necesito algo, si quiero algo de beber, si estoy bien; llaman al timbre.

Una agente entra la primera, con su gorra de rigor y una coleta. La expresión de su rostro es de preocupación, de tristeza… no sonríe. Intercambia unas palabras con mis padres y acto seguido se dirige hacia a mí. Se pone en cuclillas enfrente del sofá quedando sus ojos y los míos a la misma altura… igualito que en las películas cuando un policía va a consolar a un niño.

~ Hola ~comienza con dulce tono. ~ ¿Sara Moreno?

Asiento con la cabeza… y absorbo ruidosamente por la nariz.

~ Soy la agente Sánchez, ¿qué tal te encuentras? ~otra vez la misma pregunta que me ha estado haciendo mi padre durante la espera pero, ahora, su forma de decirlo consigue tranquilizar mis nervios.

Sí, mis nervios. No porque me hayan violado, porque no lo han hecho, sino porque voy a engañar a mis padres, a la policía, a los abogados y a todo el que se ponga por delante para hacer pagar a ese cabrón sus infidelidades.

No le contesto, le dejo que continúe hablando. No la miro a los ojos, sino que dejo mí mirada perdida en el suelo, evitando cualquier contacto con ella. Se supone que acabo de pasar por algo traumatizante y lo que es la confianza con otros seres humanos la he debido de perder… al menos un poquito.

“Sobre todo con hombres, si me han forzado debo temer a cualquier hombres autoritario.” Me digo a mi misma tratando de recordar todo lo que he visto en las películas respecto a este tema.

Tras unos instantes, me dice que la tengo que acompañar a comisaría para contarle lo ocurrido. Yo la acompaño con unos tristes andares y rechazo cualquier contacto físico en forma de ayuda que me ofrece.

De pronto, me hago la desvalida. Hago que mis piernas pierdan fuerza y me llevo la mano a la cabeza al caer. Pero rápidamente me repongo para evitar dar con las rodillas en el suelo. No me apetece hacerme daño.

~ ¿Estás bien, estás bien?

Dice la agente haciendo el amago de abalanzarse sobre mí para evitar que cayese.

~ Sí, so… sol… solo es…

Lentamente me deslizo hacia el suelo y rompo a llorar tapándome la cara con las manos… Me encanta mi papel aunque noto cómo me duele la garganta por el esfuerzo.

Al salir de casa, dan las seis de la tarde en el reloj de pared que tenemos en el salón y, tras veinte minutos llegamos a la comisaría.

Camino a varios pasos de distancia detrás de la agente Sánchez con el cuerpo achaparrado, empequeñeciéndome. Antes de llegar a la puerta de entrada hay como unos diez escalones por los cuales arrastro mis pies apenadamente. Una vez dentro, cruzamos varias instancias hasta que llegamos al final de un estrecho pasillo. Allí, los muros se abren y dejan lugar a una pequeña sala de espera donde veo a dos chicas.

Reconozco a ambas. Frunzo el ceño… disimuladamente. Una de ellas es Lara, de último año como yo, una niñata rubia que viste muy pija, ¡si hasta lleva dos coletitas! La otra no sé cómo se llama pero me suena de vista en la universidad. Tiene que ser de segundo o tercer año.

La agente Sánchez se detiene y yo, distraída, casi me choco con ella. Me señala una puerta que está entre abierta y con un ademán me invita a pasar. Al hacerlo hecho una mirada hacia atrás, una mirada que infunda oído hacia esas chicas pero que mi rostro no muestra.

Veo como el padre de Lara le aparta un mechón de la cara, lo que me deja ver sus ojos ennegrecidos por la mezcla de rímel y lágrimas y… ¡un moratón en el pómulo!

Pestañeo rápidamente he intento fijarme más a través de mis cuencas irritadas.

“¡No puede ser! ¡¿La ha pegado?!” Me lleno de sorpresa, de dudas…

“¿Cómo puede ser eso? ¡Es cierto, alguna vez se puso algo brusco pero a mí nunca me ha llegado a pegar, nunca me hizo daño! Todo lo contrario, era dulce, era…”

Me muerdo el labio al recordar su sonrisa, su cuerpo, su forma de hacer el amor.

~ Por aquí, Sara ~mi elucubración es interrumpida por la agente Sánchez.

La miro con cara entristecida y continúo hacia el interior de esa salita. Veo unas sillas y una mesa, me dirijo hacia ellas lentamente y me siento. Desde la puerta, esa voz femenina y sosegada me dice que si necesito algo… otra vez.

“Buff” Resoplo.

Le digo que no bajando la mirada. Tras ello, se marcha cerrando la puerta a mis espaldas.

Allí únicamente hay un reloj y un espejo. Uno de esos relojes redondos y blancos, como los de cocina, de los que en el silencio hacen un asqueroso tic-tac que una no se puede quitar de la cabeza.

Me imagino que me están observando a través del oscuro cristal en el que me veo reflejada. Por eso, evito mirarlo directamente, debería sentir vergüenza de mi misma, debería sentirme débil por lo que me ha ocurrido…

Entrelazo los dedos de mis manos encima de la mesa y, a continuación, los llevo hacia mi estómago y los dejo caer hasta tocar mis muslos. Junto la barbilla al pecho y sollozo. Intento que mis pies no toquen el suelo, para lo golpearlo con nerviosismo.

“Cuanto menos digas, mejor. Cuanto menos digas, mejor. Más difícil será que te pillen en un renuncio. Si las otras chicas le han acusado también, no habrá problemas. Cuanto menos digAAAh!”

Me sobresalto sobre la silla y, al ver al rudo agente que ha entrado, que agazapo sobre mi asiento.

“Plasma tu papel, plasma tu papel”.

Las manos me tiemblan y las palmas comienzan a sudarme.

Se acerca a la mesa, deja una carpeta y se marcha dejando la puerta abierta.

“Puff”.

Al instante, entra la agente Sánchez de nuevo. Coge una silla y se sienta junto a mí. Extiende una mano y agarra la carpeta. Nuestras rodillas casi se tocan, de lo cerca que estamos.

La abre, mira al interior y sin mirarme me pregunta:

~ ¿Sabes por qué estás aquí?

Afirmo con la cabeza.

~ El profesor Castillo… ~prosigue, yo me echo para atrás al escuchar su nombre ~… ha sido denunciado por el padre de Lara por agresión e intento de violación según le comentó su hija. Tras interrogarla, ella nos dio tu nombre y el de Esther, nos dijo que os había visto con él… ¿Sara, cuéntame que ha ocurrido entre tú y el profesor?

Trago profundamente, llega el momento de la verdad… pero no puedo, estoy acojonada.

“¿Acusarlo de violación? Le odio, le odio tanto ahora mismo que… pero, ¿violación? Es algo muy serio y si la policía me pilla mintiendo… iría a la cárcel. Además no estoy segura de nada, ¡de nada! ¿Si miento yo porqué no puede estar mintiendo la otra? ¡Dios que lío!”

~ ¿Sara, cuéntame que ha ocurrido entre tú y el profesor? ¿Te forzó en algún momento?

Mis ojos se llenan de lágrimas al mirarla, respiro e inspiro con el corazón a punto de salir por la boca.

“No puedo hacerlo, no puedo mentir en eso. A mí me ha tratado muy bien… yo, yo… todavía le quiero.”

Rompo a llorar mientras digo que no con la cabeza y mis manos tapan mi rostro.

~ Sara, tranquilízate. Si no te ha forzado tranquilízate, ¿cuéntame que te ha pasado?

~ Yo… yo le quiero ~me aparto las manos de la cara, me paso la manga del jersey por el rostro y prosigo como puedo ~ Nunca me ha forzado, llevamos seis meses viéndonos a escondidas. Estábamos esperando a que yo me graduara para poder comenzar a salir juntos y que no fuera un riesgo ni para su trabajo ni para mis estudios. Nos queríamos, él me lo decía, él me lo prometió. Evitábamos cualquier sitio público para que no nos vieran, ninguna amiga mía lo sabía, ni mis padres… ni nadie.

~ ¿Y porqué dijiste a tus padres que te violó? Escúchame Sara, quizás… estando tan enamorada, alguna vez te forzó, te hizo dañ…

~ No, no. Te lo prometo, nunca me hizo nada. Todo lo contrario, me trataba muy bien, nunca me hizo nada. ~le repito entristecida.

~ ¿Y porqué dijiste a tus padres eso? Es una acusación muy grave.

~ Lo sé, lo sé. Es que… me entró el miedo. Primero una amiga me llamó y me dijo que lo habían despedido y me asusté porque nos pudieran haber pillado. Su futuro, mi futuro se podía haber ido al traste. Luego me enfurecí cuando me dijo que era por acostarse con alumnas… ¡Alumnas! Cuando yo era su única chica, no podía entenderlo, no me podía haber engañado, no a mí. Yo le quiero y él me ama. Además, está el tema de mis padres, son muy… ya sabes, muy chapados a la antigua. No les podía decir a mis padres que tenía un romance con un profesor de la universidad, soy su hijita, no podía, les haría mucho daño…

~ Sara, ¿crees que les haría más daño ese romance o que te hubieran violado de verdad?

Sollozante, arqueo una ceja. Se hace el silencio y ese dichoso tic-tac regresa a la habitación. Con un temor que me agarrota el cuerpo, me atrevo a preguntar:

~ Agente. ¿Es cierto… bueno, ya sabe, lo que…? He visto a Lara, tiene un pómulo morado.

~ No lo sabemos, estamos llevando a cabo una investigación y todavía tenemos que interrogar a Esther.

~ ¿Y entonces? ¿Ahora qué ocurrirá?

~ Pues respecto a ti, nada. Los dos sois mayores de edad, sino te forzó o no quieres presentar cargos, nosotros ya hemos terminado.

~ ¿Y lo de la universidad?

~ No depende de nosotros, esa decisión es de ellos pero probablemente no tomen una decisión hasta que no se aclare todo esto.

~ ¿A qué te refieres?

~ Me refiero a que si de verdad a violado a una de esas dos chicas, aunque a ti no lo haya hecho, la universidad quedaría muy mal si a ti te suspendiera, ya que has formado parte del proceso. Daría muy mala imagen. Sin embargo sino ha ocurrido nada malo y el padre de Lara le acusa en falso… Si os podrían dejar sin vuestro título.

Suspiro abatida de cansancio. La agente Sánchez se levanta de su silla y me doy cuenta de que yo también debo de hacerlo. Al encaminarnos hacia la puerta, le pregunto que si se lo van a decir a mis padres y me dice que no, que tendré que hacerlo yo sola…

El mundo se me echa encima.

Ya ha pasado un mes desde lo ocurrido. Mi amor, mi novio en la sombra, el chico del que estaba enamorado se ha marchado para siempre. No paro de llorar, llevo semanas que parezco un zombi, apenas salgo de casa, mis amigas no me han llamado ni una sola vez y mi madre cada vez que me mira… me mira como si la hubiera matado.

La resolución del caso al final fue bastante rápida. De hecho no hubo ni caso. Esther tampoco le denunció porque reconoció que se acostaba con él. Lo cual me dolió a horrores, pero peor fue lo de Lara. Ella si le denunció, pero enseguida se descubrió que era mentira. Que no la habían violado. Ya no por los exámenes médicos que demostraban que no había ocurrido dicha barbaridad sino porque el abogado defensor presentó unas pruebas irrefutables.

Nos había grabado. Digo “nos” porque presentaron como prueba de que Lara se acostaba voluntariamente con él un video casero y me imagino que si la grabó a ella, a las demás también. Al parecer, ponía alguna cámara a escondidas.

Con ella se lo montaba en mi lugar prohibido, en su despacho y… parte del video fue filtrado a internet. Por suerte ninguno mío. En el de Lara, se la puede ver a ella pidiéndole que… Digamos que es un tanto gore.

Y de esto ya hace un mes.

Ya han pasado cuatro meses en el que apenas como, en el que echo de menos a mi novio, el cual, encima, me engañó con otras pero que si me llamara y me pidiera que volviera, seguro que le digo que sí porque jamás me había sentido tan bien con nadie… era mi alma gemela, no puedo olvidarle…

Ahora mismo me odio a mí misma porque no me quiero sentir así. Quiero poder salir de la calle, hacer nuevos amigos, volver a irme de compras, poder disfrutar de la vida y de un chico pero… pero es que creo que nunca voy a encontrar a nadie como él.

Y sé que necesito ayuda para poder recuperar mi vida, pero me da miedo. Quiero hacerlo y no lo hago y cada vez pasan más días. ¡¿Por qué me cuesta tanto?! ¡¿Por qué no puedo?!

Me odio a mi misma por eso… necesito ayuda.

Toc, toc.

Por suerte, mi madre ya me vuelve a hablar. No es como antes pero sentir su cálido abrazo me reconforta.

Toc, toc.

Llaman a la puerta de mi habitación. Estoy tirada en la cama abrazada a la almohada.

~ Sara, Sara. ¿Puedo pasar?

Es mi madre. No contesto, estoy sin ánimo, desganada… como siempre.

Entra al interior y se acerca hasta a mi lado. Se sienta junto a mí y siento como el borde de la cama se hunde un poquito

~ Cariño, ya he llamado. Esta tarde hemos quedado, te tienes que arreglar un poco ¿vale?

~ Ok, mami.

Cuando se marcha, reúno fuerzas, me levanto y me visto. Hoy es mi primer día con una profesional. Según me ha dicho mi madre sólo tengo que ir allí y contarle lo que yo quiera, lo que yo sienta…

Es curioso pero creía que contarle todo a mis padres sería lo peor de todo, sin embargo, contárselo a ésta persona ha costado cuatro meses decidirme y ahora, al tener que ir… no quiero. Tengo miedo y no sé porqué, cuando esta persona sólo me quiere ayudar y seguro que ha oído miles de cosas peores. No sé, pero si fuera creyente, estaría rezando sin saber porqué.

Hoy ya han pasado dos meses desde que tuve la primera visita y ya me siento mucho mejor. Me han enseñado que el hecho de entregarme tanto a una persona hacía que mi vida girara alrededor de él y me sentía en una nube, como si fuera la reina del planeta. Mi autoestima estaba en niveles altísimos y eso me daba la sensación de poder comerme el mundo y el hecho de perder a esa persona, al haber una entrega total y absoluta, crees que pierdes todo.

El problema radicaba justo en eso, en mi devoción por él. Aprendí que toda persona debe mantener una distancia emocional de seguridad y que debemos guardar para nosotros mismos una parcela de privacidad y no dejar de hacer lo que hacíamos por inmiscuirnos en una relación.

La cosa es que, cuando empiezas una relación, lo que hay que hacer es un hueco en nuestra vida para esa persona y no que la relación se convierta en tu nueva vida porque si esto ocurre, podemos correr el riesgo de poner en un altar a dicha persona, a endiosarla y a desvivirnos por ella.

Pero endiosar es un error, porque no vemos como realmente es la persona y si ese altar se rompe, todo lo que hemos rodeado entorno a esa persona (nuestra nueva vida) se derrumba. Nuestra autoestima se estrella en el suelo, nos sentimos abatidas, desesperadas, con un dolor y una pena interna de la que creemos que no seremos capaces de salir.

Nuestra vida se para, y entonces recuperarla lleva su tiempo. Por eso, hay que liberarse del pasado, saber que hay mucho más allá, mucha más vida lejos de esa persona para recomenzar una nueva vida.



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