Relatos 6: Examen sorpresa

Es sábado por la tarde y estoy esperando a que mi chico vuelva de comer con sus padres.

Hoy tengo uno de esos días en los que una mujer se levanta con el pie derecho. Llena de energía desde por la mañana, animada, con ganas de reír y de pasármelo bien. Me siento juguetona y con ganas de pasar un buen rato con la persona que más quiero pero por desgracia no hemos llegado prácticamente a coincidir.

Primero, en la cama. Al ser fin de semana he aprovechado para dormir y cuando me he despertado con ganas de comerme el mundo, él no estaba a mi lado. Su lado de la cama estaba vacío. Se había levantado pronto para trabajar y luego se fue a comprarme unos croissants para desayunar.


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Cuando he salido del confortable calor de las sábanas, tenía el desayuno preparado en el salón y justo cuando me siento, él pasa a mi lado, me da los buenos días acompañado de un beso en los labios y se va a la ducha.

Con el bollo crujiente y recién hecho a medio camino del primer mordisco, mi mente me grita que deseo más comérmelo más a él que al delicioso tentempié así que me levanté y fui de puntillas hacia el baño… Pero había echado el cerrojo.

Así que me volví a la mesa a terminar de comerme lo segundo que más deseaba meterme a la boca en ese momento. Cuando él salió de la ducha, iba con prisas porque, al parecer, tenía que hacer algo con su padre antes de la comida en familia. Así que solo le dar un azote en el trasero cuando se fue…

Pero como soy una persona positiva, en vez de pensar que he perdido una oportunidad para disfrutar, pienso que ahora tengo tiempo para pensar en algo con lo que pasármelo aún mejor, así que he estado toda la mañana estrujándome la cabeza para ver qué podía hacer con este deseo que tengo en mi interior y con él.

Tras darle vueltas y vueltas pensé:

“¿Por qué no preparo algo para mí en vez de para él? ¡Algo para qué yo disfrute! ¡Algo que yo desee hacer!”

Por supuesto a no ser que haga algo yo sola, como el masturbarme, lo que hagamos lo disfrutaremos los dos, pero me gustaría preparar algo que a mí me llame la atención, algo que a mí me guste… Algo que decida yo.

En base a esta premisa y después de estar cotilleando por internet para crear algo distinto, di con la clave. Yo soy profesora así que, ¿por qué no ponerle a él un examen teórico y práctico sobre sexo? Jejeje.

Solo de pensarlo me llené de ilusión, un cosquilleo acarició mi estómago y una agradable sensación recorrió el interior de mis muslos. Pero para que todo saliera genial, tenía que crear una escena lo más real posible. Para ello necesitaría algo similar a un pupitre y una silla, el examen impreso incluyendo las preguntas, su nombre y apellidos, el nombre de la asignatura y del curso en el que estaba, los bolígrafos, una profesora para controlar que no copie y, sobre todo, ¡que el examen le pille por sorpresa!

Ahora son las doce y media y una vez que ya sé qué sorpresa le voy a preparar, me pongo manos a la obra. Me voy a su despacho, enciendo el ordenador, abro el programa Word y comienzo a escribir las preguntas del examen entre un mar de risas. Además, diseño la cabecera con el nombre de la asignatura: “Sexo en casa”, con el nombre de la profesora, el mío, y le pongo que está en el nivel básico y que está en primero de Sexo, jajaja.

Pensé en ponerle en un curso superior por las cosas que me hace en la cama pero no vaya a ser que le pille tan por sorpresa el examen que suspenda.

Al terminar de completar el examen, lo repaso y repaso para ver que todo está perfecto. Es un examen facilito que consta de diez preguntas. ¡Sí, sí! ¡Diez preguntas! Como dije, tiene que ser teórico y práctico, jajaja. Seguro que se queda con la boca abierta cuando vea que tiene que rellenarlo, aunque con lo sexy que me voy a vestir, no sé si responderá a las preguntas o hará un gurruño al folio, lo tirará al suelo y me dejará agotada con una brutal follada. Pero oye, no hay que planearlo todo al cien por cien, hay que dejar algo a la improvisación. Así que… El examen consta de las diez preguntas las siguientes:

  1. Escribe las zonas erógenas que nos gusta que nos besen a las mujeres. Nombra diez.
  2. Partes del cuerpo que nos gusta que nos acaricien mientras nos besan.
  3. ¿Qué elementos comestibles me gustan para que utilices como juego?
  4. ¿Y no comestibles?
  5. ¿Cómo puedes sorprenderme con la penetración? ¿Qué variantes tiene?
  6. Crea una nueva cosa para los preliminares que no hayamos hecho.
  7. Justo inmediatamente antes de lanzarte sobre mi clítoris para hacerme sexo oral, ¿qué partes has de haber estimulado?
  8. Nombra diez sitios de casa en los que me follarías ahora mismo.
  9. ¿Y fuera de ella? ¿Dónde?
  10. Escribe tres posturas que nunca hayamos hecho.

Jajaja, me encanta.

Tras comprobar que todo está bien, meto el archivo en un USB, cojo el bolso y, sin arreglarme, bajo a la calle. Subo al coche y pongo rumbo a una tienda de disfraces que hay por el centro. Tardo un buen rato en aparcar y al tener algo de prisa, me pongo un poquitín nerviosa. Bueno, la verdad es que al dar la segunda vuelta buscando sitio, ya estaba casi de los nervios porque cuando mi chico se va solo ha comer a casa de sus padres, suele volver pronto y a mí me queda todavía bastante por hacer.

Además, no quiero que llegue y que yo todavía tenga la comida en el estómago, quiero comer pronto también.

Entro en la tienda y paso de entretenerme en buscar un disfraz. Voy directamente al mostrador y pregunto por una bata blanca de tela fina ya que recuerdo que mis profesores llevaban algo parecido, así que imagino que los suyos también. Por otro lado, una bata blanca es una prenda muy sencilla de quitar y es perfecta para combinar con el conjunto sexy de ropa interior que me quiero poner.

Tras conseguir esa prenda y otros artículos, pago y me voy a una librería que hay en una calle cercana para imprimir el examen que he hecho para él.

Regreso a toda prisa y llego a casa a eso de las dos y media, dejo lo que he comprado en el comedor, me hago un arroz tres delicias, me lo como tranquilamente viendo el telediario y, tras recoger la mesa, continúo organizando todo lo que mi sensual plan conlleva.

Lo primero que debo de recrear es el aula. Bueno, algo similar ya que tampoco he tirado la casa por la ventana y me he puesto a comprar pupitres, tizas o una pizarra, jajaja. No están las cosas como para gastar demasiado dinero a lo loco, así que lo que se me ha ocurrido es vaciar todo el salón y dejar únicamente su sitio como si estuviera castigado él sólo con la profesora, jeje.  Aparto la mesa y las sillas del comedor hacia una de las esquinas del salón y traigo a rastras la mesita individual y de madera que él tiene en su despacho y que es lo más parecido a un pupitre que tenemos en casa.

La coloco en el centro del salón, dejándola sola alrededor. Luego, voy a por una de las sillas de la cocina, una de esas simplonas y feúchas que muchos tenemos ahí haciendo bulto porque apenas las utilizamos. No es que se parezca mucho a las de las aulas salvo que al sentarte es dura como una piedra y fría como ella sola.

Voy colocando el resto de cosas que voy a necesitar con algo de prisa y escuchando el pisar de mis pies desnudos sobre el parqué. Entre unas cosas y otras, voy hasta el sofá y cojo el móvil que he tirado allí hace un rato. Lo desbloqueo, miro el WhatsApp y leo.

“Joder”.

Es mi novio y me dice que llegará a casa sobre las cuatro en punto y son más de y media.

“Mierda”.

Antes de terminar de leer sus frases, lo vuelvo a dejar caer, salgo escopetada hacia el dormitorio y comienzo a desvestirme.

“Le va a encantar”, pienso bajo el frenesí de arreglarme tan veloz como un rayo. Suerte que soy muy segura de mi misma y del efecto que provoco en mi hombre sino con tan poco tiempo…

Me pongo mi mejor lencería, un liguero y unos taconazos negros de aguja. Después, me cubro con la bata blanca y me abrocho todos los botones para que no pueda ver nada de lo que hay debajo. Una vez vestida, voy al baño y, con el secador, doy vuelo a mi cabello. Quiero que me vea con un peinado atípico, distinto. Que me note diferente.

Al acabar de arreglármelo, veo reflejada en el espejo mi amplia sonrisa…

“Sé que le va a gustar”.

Después, me hecho unas gotas de un nuevo perfume que me recomendaron y que había comprado hace un mes. Podría decir que estaba reservándolo para una ocasión especial, pero también sería más sincero decir que me lo había comprado en uno de estos momentos en los que a las mujeres nos da por gastar y ¡se me había olvidado que lo tenía! Jajaja.

Es un perfume de feromonas, esas sustancias que cada uno de nosotros segregamos y que provocan determinados comportamientos en quien las huele. Lo de las feromonas me recuerda a las películas de vampiros, en la de Blade creo que hablan de ello, donde los vampiros se lanzan como cosacos a morder allí donde están las feromonas…

“Si es cierto que se lanzan tan ferozmente a comerte, me las podría echar en… jajaja”.

Fuera de bromas, yo nunca las he probado, pero si contribuyen a que él se excite más, sumándolo a la excitación que debería de sentir debido a la puesta en escena que le estoy preparando… pues bien venido sea.

Regreso a mi habitación, voy a mi cajón travieso y cojo las cosillas que vamos a necesitar durante la clase.  De pronto, escucho como la cerradura se abre y salgo corriendo al salón seguida muy de cerca de mi taconeo. Al llegar al salón, tiro sobre el sofá los chismes que acabo de coger, excepto dos cosas que quedan en mi poder: Unas gafas de pasta falsas y sin cristales que también me compré en la tienda de disfraces y el examen, guardado en su respectiva carpetita, claro.

“¿Una profesora sexy y con gafas? Le va a volver loco o… locamente cachondo, mejor dicho”.

Suspiro de felicidad y con excitación.

Tras colocarme las gafitas, me voy a mi posición: Delante del “pupitre”, con la espalda recta, la mirada seria, con una carpeta en los brazos y, éstos, cruzados a la altura de mi pecho.

Escucho sus pasos adentrándose en casa.

— ¡Cariño, ya estoy en ca…!

Se detiene al verme y abre los ojos como platos.

“Perfecto”, pienso.

Su reacción de sorpresa provoca que yo esboce una mueca de satisfacción.

“Así se empieza con buen pie”.

— Señor García, siéntese por favor. Tiene usted un examen sorpresa —le digo con tono de profesora borde y seria.

Primero me mira de arriba abajo anonadado, luego echa un vistazo a su alrededor y me señala el “pupitre” que hay en el centro, acompañando el movimiento de su mano con una expresión interrogativa en su rostro.

Yo asiento con la cabeza. Acto seguido, él se dirige hacia allí con una sonrisita de incrédulo, retira un poco la silla y se sienta. Deja sobre la mesa su móvil, las llaves, la cartera…

— Nada encima de la mesa señor García. Esto es un examen, no quiero volver a repetírselo.

Mi semblante serio-divertido hace que casi se ría mientras deja todo lo que tiene encima de la mesa, en el suelo.

— Solo está permitido un bolígrafo —me es imposible mantener el tono de sargento del principio, estoy aguantándome la risa y un poco colorada.

— Disculpe profesora pero… no, no he traído ninguno.

— Mmmmm. ¿Viene usted a clase sin bolígrafo? ¿Ni folios?

Me niega con la cabeza. Camino hasta él y apoyo las manos en la mesa.

— ¿A qué diablos viene usted a clase, señor García? Es usted un desastre. Tome el mío —le digo inclinando mi tronco hacia delante.

Llevo un boli colgando del bolsillo de la bata. Él comienza a reírse levemente y lo coge con cuidado de no tocarme el pecho.

— ¿Le parece a usted divertido tener un examen sorpresa, señor García?

— ¡Hm, hm! —su murmuro es acompañado por un movimiento de su cabeza. Sus ojos están vidriosos de aguantarse la risa.

— Aquí tiene el examen —lo saco de la carpeta y lo pongo encima de la mesa—. Tiene quince minutos para hacerlo.

Él lo coge en sus manos y le echa un ojo. Al darse cuenta que de verdad tiene que contestar a unas cuantas preguntas, arquea las cejas. Yo me giro para evitar que vea lo mucho que me estoy divirtiendo al tiempo que, pensativamente, él ladea la cabeza, coge el bolígrafo y…

— Son las cuatro. Tienes hasta las cuatro y cuarto —le digo dándole la espalda.

Y echo a caminar.

Para hacer tiempo, me voy al baño en silencio.

— En seguida vuelvo, no copie señor García —le aviso antes de desaparecer por el pasillo.

Una vez en el baño, me retoco el pelo y la bata. Antes de salir, me echo un vistazo completo y suspiro alegremente. De nuevo, regresa a mí aquella sensación que tuve justo cuando se marchó. Bueno, no es que regrese lo de querer disfrutar, más bien es que se había mantenido constante y ahora se está disparando. Ese picante hormigueo entre los muslos, el cosquilleo en mi estómago, el sentir como la pasión fluye más rápido por mis venas y cómo la más ligera brizna de brisa que corre a través de la puerta me eriza el vello de todo mi cuerpo…

“Uuffff”

Al regresar al salón, le observo concentrado, pensativo y… ¡escribiendo!

¡Se lo está tomado en serio! Jajaja, me parece genial.

¿No se puede disfrutar del sexo y también aprender cosas nuevas sabiendo los conocimientos que tiene tu pareja en realidad? Lo mismo sabe cosas o desea cosas que nunca ha hecho o que no te dice que sabe hacer por miedo a contártelo, a innovar o porque no sabe cómo puedes reaccionar.

“¡¡A ver que contesta!! Jajaja”.

Que respondiera no es algo que consideré. Las preguntas las puse por poner, pero oye, nunca está mal tener información extra.

Llego hasta él y me voy hacia su espalda. Mientras sigue plasmando sus conocimientos en el papel, le acaricio el pelo y la nuca. Siento como eso le pone nervioso. Lentamente inclino mi tronco hacia delante y dejo mi rostro al lado del suyo. Estoy mirando lo que está anotando, ya va por la pregunta cinco pero mis ojos se van a leer la respuesta de la pregunta número tres.

— Mmmmm —murmuro gozosamente en su oreja. Me gusta lo que ha puesto ahí.

Me acerco más al lóbulo de su oreja y le susurro lo que me ha pasado por la mente… Él se ruboriza, se desconcentra.

Me doy otra vuelta y me pongo delante de él. Me siento sobre la mesa enseñándole el liguero y mi pierna. La parte inferior de la bata se me sube justo hasta la nalga y espero con paciencia.

Él sigue escribiendo pero de vez en cuanto lanza miradas hacia mí. Cuando llega hasta la pregunta ocho, mi chico se queda bloqueado. En esa pregunta se pide nombrar diez sitios de la casa en los que me follarías ahora mismo, pero le faltan un par.

“Jajaja, ¡pobre! Claro como la sangre ya no le llega al cerebro…”.

Mira al techo pensativo pero no le sale nada y se pone a golpear repetidamente la mesa con el bolígrafo.

Tac, tac, tac.

No sé si es que mi liguero le ha hecho perderse, no sabe que escribir o, viendo la pregunta que es… quizás le falta inspiración.

Así que decido ayudarle a ver si así termina ya con la teoría y pasamos a la práctica. Desciendo de la mesa, me meto bajo ella, llevo mis manos a su vaquero y me comienzo a reír al notar el respingo que da al sentir mi tacto. Acaricio sus muslos y su miembro por encima de la tela y cuando veo que empieza a crecerle, me separo y salgo de allí. Me levanto y le digo:

— Se te acaba el tiempo para terminar el examen.

Al instante, él agacha la cabeza hacia el papel y de nuevo vuelve a escribir.

“Funcionó”.

El hecho de haber servido como inspiración, de haber sido su pequeña musa durante un instante, me excita aún más.

A los pocos minutos, levantas la mirada.

— Ya he acabado profesora —y deja el bolígrafo sobre la mesa.

Yo me acerco hasta él, cojo el examen, lo meto en mi carpeta, la cierro y la lanzo por encima de mi hombro. Lentamente, comienzo a quitarme uno a uno los botones de la bata mientras le miro y me muerdo el labio para él.

Al terminar con el último, sensualmente dejo caer mi prenda para que me observe en lencería, avanzo hasta la mesa, me subo a ella, poso mi culito sobre la madera y apoyo mi talón sobre su hombro.

Mis zapatos de tacón alto siguen enfundados en mis pies. Me miras con deseo, con excitación… con lujuria.

— Parte práctica, señor García. ¿Recuerda la pregunta número uno y la dos?

Asientes con la cabeza.

— Mézclelas y comience.

Su expresión cambia.

“Grrrrr”.

Dulcemente lleva sus manos a esa pierna y la acaricia con sus dedos. Se centras en producir gratificantes sensaciones en mi muslo mientras besa y recorre con la lengua mi tobillo, mis gemelos, la comisura de mis rodillas…

Mmmmm.

Sube una mano hasta mi sexo y va hacia mi clítoris. Yo se la retengo y la aparto de ahí.

— No tan rápido, estimúlame más. ¿No querrás suspender, verdad? —Digo manteniendo el tono juguetón.

Al no dejarle tocarme esa zona, lleva sus manos a mi cadera mientras sus labios ya están estimulando el interior de mis muslos…

Uuffff.

Mi sexo se humedece cada vez más y más.

Sigue subiendo y subiendo. Su rostro se detiene sobre la parte delantera de mi culote. Lo toca con la lengua y sopla ligeramente para darme placer. Después, continúa subiendo hasta mi estómago… Lo que hace que me dé cuenta de que ha aprendido la lección al no lanzarse sobre mi clítoris de golpe.

Todavía no es el momento.

Sus manos recorren mis costados mientras su lengua me hace murmurar de placer al jugar alrededor de mi ombligo. Enredo las mías sobre su cabello. Tras un rato de magníficas sensaciones, le obligo a subir lamiendo la línea vertical que va desde el ombligo hasta el cuello pasando por el valle de mis pechos.

Ahora, su mano izquierda acaricia el lóbulo de mi oreja y su derecha entrelaza los dedos de la mía. Echa su cuerpo sobre el mío y me recuestas completamente sobre la mesa.

Mi cabeza está echada hacia atrás, sin apoyarse en la madera, cayendo fuera de sus límites y mis piernas enroscadas sobre las suyas. Sin yo decirle nada, aumenta la pasión de sus besos obligándome a gemir.

— ¡Aahh!

Me encanta que mi chico se entretenga en hacerme un chupetón. Me excita muchísimo.

— Sube —le susurro.

A pequeños besitos, llega hasta mi barbilla y me la muerde sensualmente. Nuestras caderas están completamente pegadas, su vaquero roza mis braguitas.

“¡Estoy muy cachonda!”

Entre murmuros, le pido que baje un poquitín para que se quede en esa curvita que hay bajo la mandíbula y por encima de la garganta.

— Uuffff. ¡Aahh!

Comienza a acariciarme con la puntita de su lengua esa zona a la vez que su mano baja por mi pierna. Yo contraigo mi cuerpo y elevo fugazmente mi cadera. Después, levanto mi cabeza y él viene hasta mis labios. Suelto su mano y llevo las mías a su cabeza, la abrazo y le atraigo hacia a mí. Lanzo mi lengua y jugamos a besarnos durante un largo y excitante momento.

Al separarnos, voy hasta su lóbulo, se lo muerdo y le murmuro:

— Examen práctico, parte dos. Llévame al sofá y arrodíllate.

Tan rápido como un rayo, me coge a horcajadas, me baja de la mesa y al trote me lleva sobre el sofá. Me deja sobre él, se arrodillas y se abalanzas sobre mi estómago a besarlo salvajemente mientras me retira el culote. Éste se enreda en mis sensuales tacones negros pero a él eso ya no le importa, lanzas sus manos a mis pechos y su boca sobre mi caliente y encharcado clítoris.

Comienza a lamerme ferozmente pero tengo que sujetarle para que se tranquilice un poco.

“Hacerlo rápido no siempre es la mejor forma de dar placer a la mujer. A veces se requiere sosiego… Se lo tengo que anotar en rojo en el examen, jajaja”.

Le controlo el ritmo mientras jadeo de placer.

Cuando consigue el ritmo que yo deseo, subo y agarro sus manos ya que las ha intentado colar malamente por debajo del sujetador. Sus caricias eran un poco torpes y un tanto brutas. Bajo mi batuta, se las coloco en mis costados y hago que las haga descender lentamente mientras su lengua sigue en adagio lamiendo mi puntito de placer.

Mmmmm.

Me encanta que me lo hagan despacio, sin prisas y permitiéndome disfrutar.

Cuando he llevado sus manos a través de los laterales de mi cuerpo y hemos llegado a la cadera, le detengo ahí y le indico que con los pulgares haga circulitos sobre las esquinitas de mi pubis.

— ¡Aahh!

Me retuerzo de placer en el sofá y al escucharme gimotear, él acelera.

— Des-ahh-pacio —le jadeo.

Mi cuerpo se contonea a la vez que mi sexo arde de placer. Estiro mi mano izquierda y a tientas palpo por el sofá. Por allí tienen que estar las cosillas que he sacado anteriormente de mi cajón de las travesuras.

— ¡AAHH!

Justo al dar con lo que quiero coger, su lengua presiona mi clítoris provocando que mi cadera se eleve y que el cachivache se me caiga de las manos.

Comienzo a respirar y a jadear más rápidamente.

Sin mirar, vuelvo a agarrar dicho juguetito a pilas, lo llevo hasta mi pecho, entreabro los ojos para ver mi mini-vibrador rosa y le doy al botoncito. Le aparto un poco la cabeza a mi chico y coloco el juguetito sobre mi clítoris. Le tomo una mano y hago que lo agarre en la misma posición que lo tengo yo.

— ¡Aahh! ¡Aahh! ¡Aaaahhh!

Empiezo a gemir descontroladamente. Llevo mis dedos hasta la piel del sofá y lo agarro con fuerza. Mi cadera se vuelve loca, lanzo mis piernas alrededor de mi novio para que siga lamiendo al tiempo que utiliza el juguetito travieso.

— ¡Sí! ¡Sí!

Ladeo la cabeza de un lado a otro, me giro en el sofá, me elevo sobre él.

— ¡No pares! ¡NO PARES!

Siento llegar mi orgasmo, esa increíble y desestresante sensación que deberíamos poder sentir todas las mujeres CADA DÍA. Mi cuerpo se tensa, se tensa, se ten…

— ¡YA! ¡YA! ¡AAHH! ¡AAAAHHHH!

Uuffff.

Madre mía.

Uuffff.

Jajaja, ¡guau!

Mi orgasmo llega y al instante elimino la presión que mis piernas hacían sobre mi chico, le quito el juguetito de las manos para que deje de usarlo porque sino el seguía y seguía, lo apago, lo lanzo al sofá y relajo mi cuerpo sobre la tapicería.

Miro al techo exuberantemente sonriente y espero a que suba para besarme.

Mientras lo hace: Nota mental.

“Marcar también en rojo en el examen que a la mayoría de las mujeres, tras corrernos con juguetes o con sexo oral, una vez llegamos al orgasmo, debe de parar de estimularlo”.

Al llegar arriba, le abrazo y junto sus labios con los míos. Cuando nos separamos, le miro a los ojos y le digo coquetamente:

— No ha estado nada mal una de la parte práctica del examen… nada mal, pero ahora falta la tercera parte.

— ¿Tercera parte? ¿Una de las partes práctica? ¿Qué más partes hay? —me pregunta entre besos.

— Esta era la parte oral, que está dentro de la parte práctica… pero todavía no ha concluido el examen señor García.

Al escuchar mis palabras, lujurioso, se pone de pie, se quita la camisa y se desabrocha el cinturón bajo mi atenta mirada. Mordiéndome el labio le pregunto que si recuerda las preguntas tres y cuatro. Él primero duda, después asiente.

— Pues elige uno solo de esos elementos.

Vuelve a arquear una ceja en tono de sorpresa y después empieza a pensar. No sabe si ese elemento es para que yo lo utilice sobre él o él sobre mí. Tras unos segundos estira su mano y señala otra de las cositas que hay sobre el sofá que saqué de mi cajón de las travesuras. Al ver hacia lo que apunta…

“Jajaja. Mmmmm. ¡Qué bien me lo voy a seguir pasando!”

Aunque si hubiera sido yo quien hubiera elegido… Uuffff, no se imagina no que habría cogido.

 



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