Relato 20: Esposado

Soy inteligente y soy una mujer fuerte inmersa en un mundo de hombres. Me siento a gusto rodeada de ellos, tanto en la cama como en el trabajo. Aunque también soy enamoradiza y me encanta que tengan detalles conmigo, me gustan los hombres de anchas espaldas, que sean elegantes y que me hagan dudar sobre lo que sienten por mí. Porque si me hacen dudar y no logro adivinar lo que realmente quieren, eso me da el control total para ir hacia un lado o hacia otro. Para estar encima o estar debajo cuando me plazca.

Cuanto más guapo es un hombre, en mí país se suele decir que más cabrón es y que cuanto más le gusta a una mujer ese tipo de galán, más riesgo tiene de que le hagan daño.

¡Si todo eso es cierto!, pero no hay mejor sensación que conseguir a ese tipo hombre que todas desean, guardarte alguna de tus cartas de mujer traviesa bajo la manga y dejarle boquiabierto cuando le muestras que no eres una mojigata…


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Cojo las esposas que están enganchadas al cinturón de mi pantalón de trabajo, regreso a la cama y me subo a ella.

~ Mmmmm, interesante ~comienza Manuel~. ¿Quieres que yo te las ponga?

~ Tchs ~le ordeno que guarde silencio con mi mirada felina sobre su torso desnudo cubierto por una fina capa de sensual vello masculino.

Coloco mis rodillas a ambos lados de sus costados, agarro sus poderosos antebrazos y los llevo sobre su cabeza. Él observa mi cuerpo desnudo desde su privilegiada perspectiva, con su mirada lasciva y con una sonrisa de Daniel El Travieso.

Mis pequeños pechos se acercan al borde de sus labios hasta que él los humedece. Mientras, yo trato de concentrarme en colocar el frío acero, de mi instrumento de trabajo, alrededor de sus muñecas. Al escuchar cómo se quedan ceñidas a él, atraigo más su cabeza sobre mis pechos mientras mi cadera acaricia su ya crecidito miembro. Sus besos van de un pezón a otro. Mmmmm. ¡Me encanta que me los laman cuando ya están endurecidos!

~ Quedas detenido ~digo entre dulces gimoteos~. Cualquier cosa que saborees se podrá volver en tu contra…

Al escucharme sonríe.

~ Ahora te ordeno que agarres la sabana con tus manos allí tras de tu cabeza y que no la sueltes hasta que no te corras.

Asiente con la cabeza y murmura un asentimiento mientras tiene la boca llena de mí. Cómo les encanta a los hombres escuchar algo sobre que ellos se corran… ¡Les pone cachondísimos!

Separo mis pechos de su boca, le agarro la mandíbula con fuerza haciendo que saque morritos y le digo con voz seria:

~ ¿Te han quedado claro las órdenes, David?

~ SO-Y-MANU-EL ~dice algo ininteligible por culpa de la presión que le hago con mi mano.

~ ¿Qué? ~le aflojo el agarre.

~  Que soy Manuel, no David.

Me muero tan rápidamente de la vergüenza por haberme confundido de amante, que le suelto un guantazo. Mi mano aterriza contra su mejilla y genera un sonido mayor que cien palmadas chocando al unísono.

Siento bajo mi cuerpo que todo el suyo se tensa y que sus manos, aunque siguen esposadas, ya no reposan detrás de su cabeza. Una milésima de segundo después, lanzo mis labios sobre la oreja que se ha quedado justo enfrente mía al cruzarle la cara y lascivamente le susurro:

~ ¿Vas a saber mejor que yo a quien detiene la policía? ¿A quién quiero yo chupársela? La escoria de los suburbios no sabe nada, un camello como tú, no sabe nada.

Mis palabras se adhieren a su cerebro mientras mis lametones sobre su lóbulo le vuelven  a amansar. No se ha dado cuenta de que realmente me he confundido y ha decidido optar por la mejor opción para él: ¿Dudar de mi error y cabrearse o aceptar un nuevo roll como camello de barrio de mala muerte y ser follado?

No hay color.

Desciendo mi mano y, mientras le sigo besando el cuello, me introduzco su gran polla en mi interior. Uuffff, la introduzco lentamente porque la tiene muy grande, en otras circunstancias podría ser hasta demasiado para mi estrechita vagina pero estoy tan húmeda, tan mojada… Me recreo como más me gusta a mí y voy sintiendo centímetro a centímetro como entra en mi interior.

Mmmmm, me muerdo el labio a la vez que pienso… ¡Cómo coño me he podido confundir de nombre cuando las espadas son tan diferentes!

Y comienzo a moverme. Controlo mis movimientos ascendentes y descendentes mientras tenso el cuello hacia arriba, cierro los ojos y pongo mis manos sobre su pecho. Siento un flujo de sensaciones y emociones por mi interior que provocan que comienza a gemir en voz alta.

Me encanta, ¡me encanta el sexo! ¡Y manejar como a una marioneta a aquellos hombres que van de duros por la vida! Disfruto haciendo que se fundan por mí.

Mi cintura comienza ahora a hacer movimientos circulares sobre su tronco y los intercalo con rápidos y ágiles intervalos de idas y venidas hacia delante y hacia atrás. Gozo, gimo, grito, siento placer por cada poro de mi cuerpo y no paro de montarle hasta que su miembro se vuelve flácido en mi interior.

Rendida por el esfuerzo y con una sonrisa de oreja a oreja me dejo caer sobre su pecho. Éste sube y baja profundamente sin importarle mi presencia allí. Tras unos segundos de relajante silencio:

~ ¿Tienes un poco de marihuana para el cigarrito de después, camello?

Ambos nos reímos y él me abraza juguetonamente. Me da la vuelta y comienza a besarme.

Después de seguir tonteando, de quitarle las esposas y de echarnos una siestecita, me levanto y me voy a la ducha. Recojo mi uniforme y le digo a Manuel que tengo que regresar al trabajo. Le dejo ahí tirado sobre mi cama, con su gran látigo descansando y yo me marcho a mi comisaría.

Soy la Policía Judicial Elisa Martínez y trabajo en Alcalá de Henares, una ciudad al este de Madrid, en la Unidad de Drogas y Crimen Organizado. Y hoy tengo un turno partido. ¡Dichosos cambios de horarios! Que si de mañana, de tarde, de noche, dobles, partidos… Es difícil llevar una vida estable con marido e hijos pero no voy a poner como escusas los horarios, yo es un tipo de vida que a mis sanísimos treinta y dos años, no quiero llevar.



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