Relato 7: Elsa, de viaje a Bruselas

Tras un gran madrugón, suena mi teléfono.

Ya estoy lista, arreglada y con la maleta hecha y esperando a que la recoja en la entrada de mi piso. Ante el espejo del hall, me pongo un cuco gorrito otoñal, la gabardina y doy un toque tentador a mis labios con mi pintalabios rojo. Al dármelo, aprieto uno contra otro para unificar el tono y, cuando estoy lista, cojo mi bolsa de viaje y salgo de mi apartamento.

Abajo me espera un taxi y mi nuevo cliente. Sí, mi nuevo cliente. Soy estudiante universitaria de último curso y, además, trabajo para pagarme los estudios y para sacarme un dinero extra. Trabajo como escort de lujo.


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No de puta, sino de escort de lujo. Muchos pensarán lo mismo pero no lo es. No sólo por la diferencia de salario que una chica de compañía gana, sino porque nosotras elegimos si queremos estar con un cliente o con otro y decidimos si queremos tener sexo con esa persona o no. Muchos clientes llaman solo por la necesidad de una compañía o para alardear de una exuberante compañía ante sus amigos en una cena de trabajo o durante la recepción de unas conferencias, también otros lo que quieren es sexo… algo muy especial y distinto. Cada uno tiene sus gustos pero lo importante es que esto lo hago voluntariamente, porque me apetece, porque me encanta el sexo y me encanta este trabajo…

Me encanta el lujo, me encanta tener un salario tres o cuatro veces mayor a la media de la gente, me gusta la compañía que contrata estos servicios, se hacen infinidad de contactos con políticos, con directores de empresas, te enteras de secretos que la gente normal no conoce, me encanta que me mimen como lo hacen, elijo los horarios para trabajar…

Es un trabajo que me encanta.

Al llegar a la calle, veo a Miguel Ángel que me espera caballerosamente frente al taxi. Lleva un traje negro de Emidio Tucci, unos mocasines, una camisa blanca y una corbata lisa roja. Llego hasta su lado y con su metro ochenta y poco, me da un beso en la mejilla. Tras mirarme con sus ojos claros, toma mi carga y la mete en el maletero mientras yo entro en el taxi.

El transcurso hasta el aeropuerto se hace muy ameno. Miguel me cuenta que trabaja en una empresa de I+D+i, cosa que a mí siempre me ha fascinado. Me gusta ver que el mundo avanza y estar al día de las magníficas cosas que se crean hoy en día.

Su empresa está centrada en el desarrollo de productos para medicina basados en nanotecnología y la verdad que es un mundo súper interesante. ¿Sabíais que ya existen vehículos muy, muy pequeños, que pueden transportar medicamentos a través de la sangre y literalmente “entregarlos” en el órgano o en las células dañadas? Se llaman nanovehículos. Es increíble lo que la ciencia puede hacer.

Miguel habla apasionadamente de su trabajo durante todo el trayecto y yo escucho con atención. Le hago preguntas de manera interesada para que vea que le presto atención y que me intereso por lo que hace. Eso le gusta a los hombres, les hace sentir importantes y más cuando es una joven atractiva quien le hace caso.

Él es el CEO de la compañía, el Chief Executive Officer por sus siglas en inglés. El creó la empresa junto con un socio y esta semana tiene una cita importante en Bruselas, en el Comisionado Europeo donde hay una reunión en la que intervienen tanto líderes políticos como las empresas más importantes del sector nanotecnológico para definir la llamada hoja de ruta de la nanotecnología en Europa. Es decir, van a discutir sobre a qué áreas de la nanotecnología van a dar más fondos para investigación y cuales quieren que sean los objetivos generales de dichas investigaciones.

Es un mundo muy interesante, donde se mueven muchos millones, de los que pende el futuro de miles de empresas en toda Europa y donde se pueden establecer muchas alianzas…

Y mi papel es estar a la altura del evento. Acompañarle a las reuniones, a las cenas, hablar con las mujeres de los distintos invitados en un inglés perfecto y, también, como hombre con sus deseos, acompañarlo por las noches.

Como he dicho antes, me gusta este trabajo. Aprendes de infinidad de cosas de multitud de temas, conoces a gente interesante e importante, hago nuevos clientes y contactos y además, puedo viajar a gastos pagados. Ni hotel, ni comidas, ni transporte corren de mí cuenta y, mientras Miguel esté cerrando acuerdos y no me necesite, yo me puedo ir de compras, a visitar Bruselas o prepararme para darle una sorpresa para cuando vuelva a donde nos alejemos.

Llegamos al aeropuerto, facturamos y entramos en la zona de embarque. Libres de maletas, todavía tenemos algo de tiempo para que nos llamen a embarcar. Caminamos juntos pero sin ir de la mano. Por cómo se comporta, creo que es la primera vez que contrata a una escort de lujo. ¿Los motivos por los que nos contratan? Uuffff, una infinidad pero parece buena gente ya que actúa con respecto y delicadeza.

Para ser una buena escort debes de saber interpretar rápidamente cómo es alguien, si es buena gente o si es un prepotente engreído. Ya que, en función de cómo sea él, yo tengo que adoptar un papel u otro para tenerle contento. A alguien que va de dios y de chulo, hay que tratarle con bordería, a esa gente no le gusta que se lo pongan todo en bandeja, les gusta ganarse el sexo incluso aunque lo paguen. Por otro lado, a los tímidos, para tenerlos comiendo de la mano hay que ser generosas y hacerles cosas que les dejen con la boca abierta porque son de los que, aún pagando, no se creen que una mujer tan espectacular les vaya a dar placer de verdad.

Si adoptas bien tus roles, los tendrás como clientes de por vida… mientras tengan dinero con el que pagar.

Miguel es delicado, atractivo, considerado y parece un buen hombre. Me gusta encontrarme con este tipo de clientes, ellos me valoran más y yo estoy más cómoda cuando tengo que darles placer… Y si además de todo esto, tiene el perfil de ser un cliente potencial que más adelante pueda volver a contratarme como acompañante, más motivos tengo para que no solo quede satisfecho… sino increíblemente satisfecho.

Mientras seguimos caminando por la terminal, tomo su mano y eso le pilla por sorpresa. Primero la tiene tensa pero, poco a poco, la va relajando. Yo acerco mi hombro al suyo y me pego a él. Mientras paseamos entre tanta gente le acaricio el pecho, río y tonteo con y para él.

Puedo sentir cómo le gusta y lo orgulloso que se siente cuando todo el mundo se nos queda mirando al pasar a su lado. Sonriente, gira la cabeza para mirarme a los ojos al tiempo que yo doy vuelo a mi larga melena lisa y castaña con un movimiento de cabeza y me llevo el dedo índice al labio. Le miro con la lujuria de mis ojos marrones y la ternura de mis veintiún añitos.

Gracias a mis botines grises y a mi altura (mido uno setenta y uno) no tengo que ponerme de puntillas para llegar hasta su oreja. No hay mejor momento para satisfacer un hombre cuando su orgullo reina en lo alto.

Al llegar a su lóbulo, sin mordérselo, sin besarlo, sin tocarlo, le susurro:

— Va siendo hora de que disfrutes lo que has contratado —hago un inciso pero no me separo de él —. No llevo braguitas.

Ummm. Siento como se le ha acelerado el corazón y como se le ha puesto dura bajo ese traje tan caro de Emidio Tucci que lleva. No le miro a la cara porque sé su reacción. No se lo esperaba y se ha quedado boquiabierto.

Sin más demora, tomo su mano de nuevo y tiro de él, entramos en una tienda de ropa del aeropuerto y me lo llevo hasta el fondo. Apenas hay gente y la empleada está a sus cosas. No me molesto en pillar algo de ropa para “probármela”, me lo llevo directamente a los probadores de la tienda… que ya muy bien me conozco dada mis anteriores visitas. Descorro con pasión la primera cortina que me encuentro, le meto para adentro y le empujo contra el cristal. Me separo de él y le doy la espalda y empiezo a menear mi cuerpo sensualmente para su deleite. Subo las manos por mis costados hasta mi cabeza donde levanto mi cabello para jugar con él. Mientras me come con la mirada, doy unos pasitos hacia atrás hasta que coloco mi trasero junto a su miembro y comienzo a acariciarlo lentamente.

Uuffff. ¡Qué dura la tiene ya!

Tomo sus manos y las pongo en mi cadera. Le obligo a que me pegue más a su cuerpo. Me muevo despacio, haciendo círculos sobre su polla, pero yo quiero que goce más. Cierro los ojos y me imagino que estoy en una discoteca, escuchando buena música de reggaetón. Me relajo y empiezo a mover el culo como a todos los chicos les gusta. Hago movimientos de cadera rápidos y cortos, como si me estuviera follando a más no poder, luego le doy golpecitos con el trasero, alejándome y acercándome como si me estuviera penetrando a cuatro patas. Giro la cabeza mordiéndome el labio y haciendo un gemido de gatita. Mmmmm. Rápidamente doy la vuelta y me lanzo a comerle el cuello mientras mis manos desatan su cinturón, le bajando los pantalones y se la agarran con deseo.

Con una mano le comienzo a masturbar, con la otra le masajeo los testículos.

Ahora llevo mis labios a su oreja y se la lamo como se lo haría al mejor de los amantes en mi afán por recompensarle.

— Quiero que te corras —le susurro excitada. Mis manos se la menean tan rápido como pueden hacerlo.

— Mmmmm —vuelvo a gemir en su oreja.

— Esto me excita mucho, Miguel. Mmmmm. Qué buena polla tienes.

Mis palabras le ponen aún más cachondo. Su cuerpo comienza a tensarse y uno de sus brazos me rodea varonilmente por la cadera.

— ¿Quieres que te la chupe? Mmmmm. Me encanta chuparla.

De pronto, empiezo a escuchar sus jadeos, está apuntito. Así que mi ímpetu crece.

— Me encanta que se corran en mi boquita. Mmmmm. Migue, sí, sí, córrete. Quiero saborearlo, quiero que me lo des tod…

— ¡Aahh! ¡Aaaahhh! Elsa, ya. ¡Ya, Elsaaaaa!

Su cadera se mueve espasmódicamente y su esencia sale disparada hacia el suelo de los probadores.

Su orgasmo me hace sonreír.

Mientras Miguel suspira, yo desciendo con cuidado, me la introduzco en la boca y mato sus últimas ansias de placer. Saboreo su miembro mientras se vuelve flácido en mi boquita.

Al rato subo, me vuelvo a acercar a su oreja y le digo:

— Todo lo que te he dicho, lo disfrutarás en Bruselas.

Él asiente con la cabeza, anonadado todavía por mi sorpresa. Si él pensaba que más placer no le podía dar, se equivocaba. Le he vuelto a excitar.

Me separo de su lado y justo antes de salir del probador me giro para mirarle:

— Te espero fuera cariño. Sal cuando te hayas recuperado.

Y con una pícara sonrisa, una voz sexy y un divertido guiño salgo y me voy hacia la zona de vaqueros de mujer para ver si hay alguno que me guste porque estoy seguro de que en cuanto salga, si le digo que me compre algo de ropa… Lo va hacer.

Como dije antes, me encanta mi trabajo y otro de los motivos por lo que lo adoro es porque me resulta terriblemente sencillo controlar y manejar a un hombre. Si todas las mujeres aprendieran bien a hacerlo, todo lo que quisiéramos estaría a nuestro alcance. Ellos tienen una gran debilidad y eso los hace vulnerables. Sin embargo, nosotras somos fuertes y eso no hace poderosas.

 



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