Relato 1: El placer del reencuentro

Hoy es el día. Tras casi dos años de espera, hoy es el día.

Te conocí, Marta, hace varios años cuando conseguí un trabajo justo al acabar la carrera. Fui hasta el sur de España pero por desgracia, no estuve mucho tiempo trabajando allí y, nosotros, apenas nos llegamos a ver más de un par de veces. Durante el poco tiempo que estuvimos juntos no nos besamos, no nos acostamos y tampoco pasamos ninguna una tarde romántica uno al lado del otro pero sí que, desde el primer momento, tu sonrisa, tu cabello castaño ondulado y tus ojos marrones me encandilaron.

Hubo feeling por ambas partes. Es lo que creí en aquel momento y es lo que creo ahora. ¿Y por qué pienso eso? Porque si no, no habríamos estado durante dos años en contacto cuando apenas estuvimos juntos las horas que tiene un día.


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Pero ahora, tras dos años, nos vamos a volver a encontrar y estoy nervioso de narices.

Dos años hablando vía Facebook y WhatsApp. Dos años jugando, tonteando, contándonos nuestros problemas y líos amorosos. Setecientos treinta días deseando volver a verte para hacer aquello que nos describíamos tan detalladamente por mensajes. No te he engañado, me quiero acostar contigo y te lo dije abiertamente. “Abiertamente” que es muy distinto a decirlo mediante burradas. No es que crea en la sinceridad por encima de todo y a toda costa, simplemente es lo que me gustaría hacer basándome, sobre todo, en que apenas te conozco y en que ahora vivimos a cientos y cientos de kilómetros de distancia el uno del otro.

Hasta a mí me parece demasiado tiempo estando en contacto con alguien que casi no conozco y que no tengo la posibilidad de ver en mí día a día. Si hemos seguido hablando creo que es por algo… aunque tú, Marta, no me hayas dicho explícitamente lo que deseas.

¿Cuántos números de teléfono conseguimos de gente desconocida en una discoteca, en un bar, amigas de amigos… y al mes siguiente ya no nos hablábamos ni contestamos a sus saludos en Facebook? Tenemos en la agenda multitud de números inservibles, pero contigo Marta todo ha sido distinto, todo tan natural, todo tan ilógico…

Para mí eres tan sexy que, aunque hayamos estado algún mes entero sin saber el uno del otro, no he podido llegar a perder del todo el contacto contigo. Y sí, tan sexy, porque ni si quiera recuerdo como sonaba tu voz. Dos años han pasado Marta, dos años deseando verte, besarte… follarte.

He pensado mucho en este día, en cuánto me alegraría verte o si estaría acojonado al volver a encontrarnos, en si te abrazaría o me tiraría a tus labios, en sí debería tratarte como una reina o como un ángel travieso.

Hace una semana fue cuando me dijiste: “Voy a ir a Madrid a verte” y desde ese día he estado rayándome la cabeza y pensando en darte todo el placer que creo que te mereces, aunque solo tenga un fin de semana para ello. He estado pensando en cumplir todas tus expectativas y darte una de las mejores noches de tu vida… pero me di cuenta que pensar eso era un error.

Hace tiempo ya tuve algún problema al obsesionarme en dar placer a la chica olvidándome de mí mismo, pero al fin entendí que el sexo es para que dos personas disfruten, no es que uno tenga que uno tenga que ir a “trabajar” y darle placer al otro. Hay que disfrutar dando y hay que disfrutar recibiendo, ambas cosas. Por eso, me he quitado de la cabeza todo lo que es mirarte tiernamente, hacerte caricias o tratarte como trataría a la mejor novia del mundo. No somos novios, así que no puedo tratarte como si lo fueras.

Son dos años en el que mi deseo por ti ha crecido y crecido y dos años en el que el tuyo por mí estoy seguro que también lo ha hecho. Así que pienso que lo mejor es que me deje llevar en lugar de planearlo todo al milímetro como un obseso. Eso es lo que voy a hacer, voy a dejarme llevar y dejaré salir todo ese deseo que tengo en mi interior, que ambos llevamos dentro, esa lujuria que hemos apaciguado ocasionalmente jugando por Skype o excitándonos por el móvil…

Me vibra el teléfono y lo saco del bolsillo mientras, a mí alrededor, cientos de viajeros van de un lado a otro buscando su autobús en la terminal de Avenida América.

«Descuida, hice lo que pediste, jejeje, me puse una camisa. ¿Tan sexy te parece una chica con camisa?», me pones con ese toque travieso tuyo.

«Tu eres sexy per sé. Pero sí, me encanta», te saco la lengua de manera multimedia.

«Ya hemos entrado en Madrid. Nos quedan como quince minutos hasta que el autobús llegue a la terminal».

«Vale, perfecto. Yo estoy aquí ya».

« 🙂 »

Guardo el móvil mientras camino pausadamente de un lado a otro. No estoy nervioso, solo expectante esperando a que llegue el momento. Esperando que llegues, preciosa.

Hombres, mujeres, jóvenes que se van a la playa de vacaciones, ancianos, conductores de autobús esperando el momento de marcharse… Todos están aquí, ajenos a nuestro encuentro.

Dársena 35, es allí donde se dirige el autobús que va de Córdoba a Madrid, el de color blanco y rojo de ALSA. Yo me voy hacia atrás, alejándome de esa pequeña marabunta de familiares y amigos que se han abalanzado alrededor de la parada esperando a recoger y comerse a besos a sus allegados.

Cuando llega tu vehículo, tu conductor toca el claxon para apartar a la gente que está en medio del aparcamiento.

“Yo a tiernos besos no te voy a comer”.

Se abren las puertas y la gente comienza a descender. Tú eres una de las primeras, con esos ojazos marrones y ese precioso pelo castaño y ondulado. Llevas unos pantaloncitos vaqueros tan cortos como sexys, una camisa blanca con las mangas remangadas, un collar dorado como el oro y una sonrisa de las que un soldado desea ver antes de ir a la guerra. Una de esas sonrisas que no te hacen perder la esperanza ni cuando estas a punto de morir. Una sonrisa… Tu sonrisa.

Desciendes llevándote contigo todas las miradas, vas a por tu maleta y coges la tuya y la de tu amiga.

«Me da vergüenza ir sola», me dijiste hace dos semanas. «Pero si consigo convencer a alguna amiga…»

Y así hiciste, no sé cómo, pero lo hiciste. En vez de ir a la playa en verano, convenciste a una amiga para venir de visita a la capital. Eso me demuestra tu deseo por volver a encontrarte conmigo.

Ya con vuestras maletas de ruedas en la mano, os abrís paso entre la gente. Os miráis con complicidad, riéndoos tras cotillear algo por lo bajini, felices e ilusionadas como lo estamos todos cuando llegamos a nuevo puerto, listos para una nueva aventura.

Levanto la mano. Al verme, te encaminas hacia mí con timidez, desviando de vez en cuando la mirada al suelo. Al llegar a mí lado, sueltas tu maleta y yo me desvanezco hasta poner mis manos en tu cintura. Me quedo cerca de tu rostro y te miro fijamente durante unos eternos segundos mientras una chispa de brillo reluce en mis ojos azules al verte. Después, inclino la cabeza para besarte en la mejilla. Luego te beso la otra y te digo con alegría:

— Hola Marta.

— Hola —me contestas con tu sexy acento andaluz y mordiéndote el labio.

Me presentas a tu amiga, la doy otros dos besos y comenzamos a caminar mientras os pregunto que qué tal fue vuestro viaje. Avanzamos en línea recta por la terminal de autobuses hasta llegar a las escaleras mecánicas.

Nosotros estamos en la planta menos uno y para ir vuestro hostal, tenemos que bajar a la última planta hasta llegar al metro y después ir hacia la línea seis. Nos colocamos en el lado derecho de la escalera para que los que vayan con prisa tengan un camino libre y no tengan que atropellar a nadie. Al llegar abajo, nos detenemos justo en frente de los tornos del metro. A nuestra derecha hay una cafetería y en el lazo izquierdo tiendas.

En ese momento, me acerco a ti y te susurro:

— Marta, dile a tu amiga que saque los tickets del metro que mientras te tengo enseñar una cosa.

Con rostro extrañado, asientes con la cabeza y se lo dices dejándole tu maleta y tu bolso. Mientras tu amiga se gira y se dirige hacia las máquinas para sacar el billete, tú y yo nos vamos hacia la derecha. Al pasar la cafetería de largo, confusa, vuelves la cabeza hacia el pequeño bar porque pensabas que íbamos a ir allí a comprar algo de comer.

Al devolver la vista al frente ves que hay unas cuantas tiendas.

— ¿Me vas a comprar algo? —me preguntas alegre e intrigantemente arqueando una ceja.

— No, todavía no, eso para cuando vayas a regresar a casa.

— Jejeje.

Te miro, me miras… y se me acelera el corazón.

Llegamos al final del corredor y giramos a la izquierda por un pequeño pasillo de paredes azules y gotelé. Un hombre rechoncho y bajito viene en la otra dirección subiéndose los pantalones que le quedan grandes. Para dejarle hueco para pasar, me pego a ti y te agarro nuevamente por la cadera… Siento que te ruborizas.

Tras avanzar unos metros, nos detenemos. Al llegar al final del pasillo nos encontramos con un caminito a la derecha que da al baño de las chicas y con otro a la izquierda, que da al baño de los chicos.

— Elije —te digo.

Se te abren los ojos como platos, siento como tu palpitación acelera de repente porque se te ha pasado por la cabeza lo mismo que tengo yo en la mente ahora mismo.

— Yo…yo… —me dices nerviosa.

Te cojo de la mano y me dirijo hacia delante, donde no hay pasillo pero donde tampoco hay un muro, sino una gran puerta de color azul oscuro con un muñequito en una silla blanca.

Giro el picaporte del baño de minusválidos y te llevo conmigo a dentro. Te giro y apoyo tu espalda sobre la misma puerta que acabo de cerrar. Hecho el pestillo al tiempo que me acerco a ti, eliminando la distancia que nos separa y, cuando estoy a escasos centímetros, me detengo. Nuestras respiraciones se chocan y nuestro nerviosismo se abraza. Por un lado entrelazamos nuestros dedos y por el otro te acaricio la mejilla mientras te miro a los ojos. Después, te retiro el pelo de la cara y pego completamente mi cadera a la tuya colocando mi pierna entre tus muslos. Acerco la punta de mi nariz a la tuya para rozarla y al hacerlo, te susurro:

—Me muero por besarte, Marta.

Escucho como tu corazón golpea tu pecho tratando de salir de tu cuerpo para fundirse con el mío. Comienzo a acercarme lentamente hacia tus labios, pero de pronto, desentrelazas tus dedos de los míos, llevas con lujuria tus manos hasta mi cabeza y, de un fogoso tirón, acercas mi boca a la tuya.

Nos besamos salvajemente.

Bajo mis manos hasta tu sexy pantaloncito, te agarro el culo con fuerza, levantándote y deslizando tu espalda por la puerta. Te lanzo un mordisco que te hace jadear.

Mientras tengo aprisionado tu labio entre mis dientes, me miras pero no dulcemente, sino de una forma salvaje que me excita aún más. Mi lengua forcejea apasionadamente con la tuya, nuestras cabezas ladean ferozmente, tus piernas se enroscan en mi cadera, tus brazos rodean mi cabeza y tus dedos agarran con tesón mi cabello para evitar que me separe de ti.

Giramos y avanzamos hasta llegar a trompicones al lavabo. Te siento en el borde blanco de la pila mientras seguimos besándonos ardientemente. Ahora eres tú quien intenta mordisquearme, yo lo esquivo y traviesamente contraataco. Mientras jugamos con nuestras lenguas, dirijo a tientas una de mis manos al grifo. Al escuchar como el agua cae a tu espalda, tú te sobresaltas un poquito y miras hacia atrás dejándome tu delicioso cuello a la vista.

Tentado como Eva con la manzana, acerco mis labios y comienzo a lamerte con suavidad.

— Mmmmm.

Al sentirme, tensas el cuello de placer, cierras los ojos y murmuras con gozo. Tiernamente tus manos masajean mi cabeza mientras yo amanso a la fiera que llevas dentro. Al tiempo que disfrutamos de ese momento, uno de mis dedos se moja de agua mientras mi otra mano te saca tu camisa por fuera del pantalón. Introduzco mis manos hasta lo alto de tu espalda y, una vez allí, hago descender mi dedo húmedo a ritmo dispar comparado con la pasión de mis besos. Tu cuerpo se arquea al sentirme. Te gusta.

Me deshago del broche de tu sujetador.

— Ayúdame a quitártelo —te susurro entre mordisquitos.

Llevas tus manos hacia los botones de la camisa y comienzas a desabrochártelos uno a uno, pero yo tengo tantas ganas que te detengo juntado tus manos con las mías. Respiro hondo y, después, retiro con suavidad las tuyas a un lado para continuar dando un tirón haciendo que los botones salten. Tu camisa se abre, te la quito, cojo tu sujetador ya desabrochado y lo lanzo por ahí.

Tus ojos se exaltan.

Te inclino ligeramente hacia atrás y me lanzo a lamer tus pezones mientras mis manos acarician tus costados desnudos.

— ¡Aahh! —Gimes al tiempo que apoyas la nuca contra el espejo del servicio de minusválidos.

Tras un rato comiéndote, tomo tu mano, te ayudo a bajar de allí y te llevo a donde está una de esas grandes barras metálicas en las que se apoyan los minusválidos. Al llegar allí, hago que la agarres con ambas manos y me voy a tu espalda. Tus piernas quedan completamente estiradas, formando con tu cuerpo ansioso de deseo un ángulo de casi noventa grados. Desde esa posición, te quito los pantaloncitos y tu tanga.

Ya sin ellos y mientras estoy en cuclillas, mis manos acarician tu trasero mientras mis besos pasan de una ingle a otra. Te vuelvo a escuchar jadear suavemente mientras tu sexo se humedece. De pronto te suelto un tímido cachete.

Tras sentir dicho flujo de placer, te giras y me lanzas una mirada llena de excitación. Percibo que estas a puntito de estar completamente excitada pero que te falta algo, así que sin tiempo para pensar más, me abalanzo a lamer tu sexo. Desde tu parte más húmeda, hasta arriba, el coxis. Mmmmm. Subo y bajo lentamente mientras tú gimes para mí.

De repente, siento cerca de mí, los dedos de una de tus manos. Los has llevado hacia atrás para intentar agarrarme, para que deje de jugar alrededor de tu clítoris y me lance a por él. Así que te obedezco llevando mis yemas hacia tu puntito de placer para torturarte con caricias.

— ¡Aahh! ¡Aahh!

Tu cuerpo se contorsiona al instante y, luego, introduzco la yema de mi dedo en busca de tu punto G.

— ¡Uuffff!

Una maravillosa sensación hace que tus rodillas flaqueen. Ahora mi lengua vuelve a contactar contigo lamiéndote y haciendo que tus jadeos se desboquen salvajemente a cada segundo.

— ¡Síii! ¡Síii!

Siento que disfrutas más de lo que podía haber pensado hacerte gozar. Me encanta. Mi lengua juega velozmente alrededor de tu clítoris húmedo mientras mi dedo sigue acariciándote lenta e interiormente.

— ¡Aahh! ¡Ya! ¡Ya!

Tu orgasmo está a punto de llegar descontroladamente.

— ¡¡AAAHHH!

Y de pronto estallas de placer recibiendo un espasmo por todo tu cuerpo.

Tras tu poderoso gemido sólo se escucha tu profunda respiración. Nada más.

Lo fuerte que has gritado me ha excitado mucho más, sobre todo porque no imaginaba que lo fueras a hacer tan alto en un sitio público. Creía que eras de las chicas que le da demasiada vergüenza hacer cosas fuera de casa y que te coartarías o reprimirías… pero no ha sido así. Todo lo contrario.

“Me encanta, me encantas”.

Lentamente, me incorporo mientras tú te recuperas. Comienzo a darte besos por la espalda para darte un margen de tiempo para que tomes fuerzas.

Mientras genero escalofríos por tu espalda, te giras de nuevo con esa mirada en el rostro. Ese tipo de mirada que tienen todas las mujeres cuando están ardientes de deseo. Sin palabras, te lanzas a besarme llevando tus manos a mi pantalón, sintiendo lo dura que ya la tengo.

— Quiero más —dices con tus labios pegados a los míos.

Rápidamente, desabrochas mi pantalón.

— ¿Condón? —preguntas entre besos.

— En el bolsillo izquierdo.

Hurgas en su interior, sacas mi cartera y lo buscas mientras yo me deshago de mis pantalones. Al erguirme, ya lo tienes entre los dedos y, al encontrarme con tus ojos, se detiene el tiempo. Me sonríes, te sonrío. Tú corazón late… el mío se desboca. Me separo de ti para ir hacia la taza del váter y me siento sobre ella. Tú vienes conmigo y te pones enfrente de mí…

Te observo tanto excitado como maravillado por tu belleza y salvajismo.

Rompes el envoltorio y te acercas a mí para besarme mientras me lo pones. Una vez colocado, te montas sobre mi polla sin dejar de mirarme a los ojos. Tu boca y la mía se abren de placer a la vez.

“Uuffff”. Sentir como te la metes lentamente es brutal.

Me rodeas con tus brazos, llevas tu rostro hacia el lado de mi mejilla derecha y comienzas a gimotear en mi oído mientras tu cadera sube y baja recorriendo todo mi miembro.

Poco a poco aceleras. Noto tus pezones endurecidos contra mi camiseta… Llevo mis manos a tu trasero, lo agarro y te acompaño en tus movimientos.

— ¡Aahh! ¡Aahh!

Me pone a cien que me gimas en la oreja. Me lanzo a tu cuello y comienzo a besarte. Te suelto un cachete que te hace gemir más. Después, mi mano sube traviesa por tu espalda y te agarra del pelo de nuevo.

— ¡Aahh! ¡¡AAHH!!

Gimes descontroladamente. Tu cuerpo también se escapa de tu control y botas más y más fuerte, luego haces círculos con tu cintura obligándome a mirar al techo. Cuelo mis manos por el interior y alcanzo tus pechos, los masajeo levemente, los acaricio…

Tú disminuyes el ritmo, echas el cuerpo hacia atrás y con las manos te agarras en las barandillas que están para salvaguardar a los minusválidos. Nuestros cuerpos quedan en la postura de la unión de la mariposa, casi en uve. Desde allí, empiezas a mover fogosamente la cadera de arriba a abajo mientras mis dedos acarician tu clítoris. Tus gemidos aumentan al tiempo que la velocidad de tus movimientos. No puedo aguantar más, eres tan sexy, eres tan preciosa, me estás follando de tal forma que no puedo aguantar más.

— ¡Marta! ¡Aahh!

Tenso mi cuerpo, estoy listo.

Tú, al escucharme gritar tu nombre, aceleras más y más.

— ¡Dios Marta! ¡Sigue, sigue!

Ferozmente llevo mis manos a tu cadera, la cojo con fuerza y te atraigo hacia a mí al tiempo que me levanto. En el impulso tú llevas tus manos alrededor de mi cabeza y rodeas con tus piernas mi cadera. Me pongo de pie, camino y con fuerza nos chocamos contra la pared que teníamos enfrente.

— ¡Aahh! —gozas al sentir el frío de los baldosines y justo en ese momento…

Comienzo a hacértelo tan rápido como puedo. Siento una excitación increíble, siento como tus uñas se clavan en mi espalda y escucho como gimes sin parar. Mis ojos se ponen blancos… mi orgasmo llega.

— ¡Sí! ¡Marta! ¡Sí!

Busco tu rostro con el mío, busco tu boca y tu mirada y, cuando los encuentro, te muerdo el labio al tiempo que mis ojos se abren de éxtasis.

— ¡Martaaaa! ¡AAHH! ¡AAAAHHHH!

Uuffff.

Lentamente la tensión de nuestros cuerpos va desapareciendo mientras seguimos allí de pie, abrazados. Nuestros pechos suben y bajan al unísono, y nuestras mejillas permanecen apoyadas sobre el hombro del otro durante unos instantes.

Cuando parpadeo y me siento con fuerzas, llevo mi mano a tu barbilla y te atraigo hacia mí, levanto mi cabeza para mirarte a los ojos, besarte y decirte:

— Tras dos años deseándote… Sabía que hoy era el día, Marta.

Tú me sonríes con el pelo enmarañado cayéndote por delante de tu rostro y me dices.

— Yo también lo sabía.

 



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