Relato 19: Cenando en Tokio

Jugando a ser espía

Tokio, 10 de Junio de 2015

Me encanta este lugar, mi trabajo apenas me permite distracciones y, aunque ahora esté en medio de uno, no puedo de dejar de impresionarme. Estoy cenando en el restaurante Argento Aso, en el distrito de Ginza dentro del barrio de Chuo, en Tokio. Es el distrito más caro y elitista de la moderna ciudad japonesa. Es un restaurante italiano de dos estrellas Michelin de más de ciento cincuenta euros el cubierto, bebidas a parte, con platos coloristas y divertidos que ofrecen un deleite sensorial. Es un ambiente muy elegante en tonos negros y plata. Se respira tranquilidad.

La entrada a este lugar es alucinante. Un pasillo iluminado en su justa medida, con paredes lisas hecha con paneles de madera de cedro con unas cucas lamparitas dispuestas a lo largo de todo el corredor de entrada. El salón es precioso con un techo blanco que tiene en el centro un rectángulo negro con palabras japonesas bordadas sobre él y de las que descuelgan unas lámparas con forma de copas de champagne pero boca abajo. El parqué es exquisito y las mesas cubiertas con un mantel tan blanco como la mejor de las lanas están rodeadas por sillas acolchadas negras impropias hasta del mejor bufete de abogados. Hay unas vistas espectaculares. Atreves de una fachada completamente de cristal se puede ver medio Tokio y su excéntrico colorido nocturno. Es magnífico.


rebajas de amantis

Mi acompañante y yo ya hemos terminado de cenar: Mouse de foie gras con patatas al horno y prosciutto italiano. Espagueti con calamares, espárragos blancos y verduras y carne japonesa asada envuelto en crepinette, espárragos blancos con risotto de perejil. Riquísimo.

Ahora estoy en el baño haciendo tiempo para que traigan el café y los postres. Son más de las once de la noche y somos de los últimos en el lujoso restaurante. Me retoco los labios con el pintalabios y me aseguro de que la peluca sigue en perfecto estado. Después rebusco en el bolso, saco una pequeña cajita plateada y, de ella, extraigo un pequeño alfiler. La diferencia entre este alfiler y otro cualquiera es que en el mío la bolita está cubriendo el filo, el aguijón punzante, en lugar de estar en la parte de arriba. Además, es la mitad de largo que uno de uso común.

Lo coloco entre el ínfimo espacio que hay entre mi anillo de casada y mi dedo índice y salgo a encontrarme con mi acompañante, Xin Ling Lao uno de los ejecutivos de la compañía china Shangai Shipping&Consulting. Esta empresa está negociando el envío de armas a ciertos países de Oriente Medio y mi gobierno no lo puede permitir. Hay que hacerles llegar el mensaje de que no van a proveer a nuestros enemigos más cercanos armas con las que matar a nuestros ciudadanos y yo, como agente del Mosad israelí, no lo puedo permitir.

Llego a la mesa y en lugar de irme hacia mi asiento, me voy hacia donde está él. Le paso un brazo por el hombro de su elegante traje negro y me acuclillo para llegar a la altura de oído. Llevo un mes en esta operación, acercándome a él, tonteando con él, haciendo que se derrita y me desee… Y hoy he recibido la autorización para actuar.

~ Sígueme. Está vacío ~le susurro.

Y regreso por donde he venido. No me giro para ver si me sigue porque he escuchado como ha arrastrado la silla y le veo venir aflojándose el nudo de la corbata a través de los reflejos del espejo. Entro al baño de señoras de nuevo y me apoyo sensualmente contra el lavábamos. Cuando entra, tira la americana y echa el cerrojo. Veo su pistola, arma que sabía que ya llevaba. La lleva atada en esos chalequitos de las películas que te permiten desenfundarla rápidamente. Xin Ling Lao estuvo en los servicios secretos chinos, no es cualquier tonto.

Él se quita la chaqueta, yo le tiro los zapatos con una sonrisa falsa pero erótica. Él se desabrocha la corbata y deja su arma en el suelo. Yo tiro mi bolso al suelo y lentamente me quito las bragas, hago que caigan hasta mi empeine, juego con ellas y se las lanzo. Caen junto a él, que las recoge y huele su humedad. Después se las guarda en el bolsillo y comienza a caminar hacia mí desabrochándose el cinturón. Un temor inunda mi cuerpo… Pero también una poderosa excitación. Tendrá sus cincuenta años pero aparenta treinta. En su punto asiático, es atractivo.

Llevo un vestido sencillo de color borgoña ligeramente transparente en los hombros con cuello redondo, con bordados en el cuerpo, ajustado en la cintura, con una tela caída lisa con una abertura elegante y sensual hasta la rodilla.

Él llega hasta mí, me agarra por la cintura y me mira de arriba abajo. Le muestro mi pierna desnuda y la coloco entre las suyas. Subo y con la rodilla se la comienzo a acariciar. Él se agacha y comienza a besarme el pie, luego los gemelos y sigue subiendo… Su forma de hacerlo es excitante, al llegar delante de mi sexo se detiene y se queda mirándolo. Está húmedo, estoy caliente. Bajo mis manos, levanto la tela y le cubro la cabeza con ella para que me lo coma… Y comienza a hacerlo.

Lame mis labios mayores, mi clítoris, lo rodea con la punta de su lengua y luego se lo mete en la boca. Yo jadeo de placer y mis pezones se ponen duros. La piel se me pone de gallina mientras le siento ahí abajo dándome placer. Cuando ya no puedo más, le retiro la parte de mi vestido con el que le he cubierto y me alejo de él. Me meto en uno de los retretes. Él viene pegado a mí.

Una vez dentro, le cojo de la mano, le siento sobre el impoluto retrete, me pongo de rodillas, le bajo los pantalones y comienzo a chupársela con labios de experta. Haciendo eso por fin consigo que baje su guardia pero, para asegurarme de ello, bajo hasta sus testículos y los saboreo mientras le masturbo. Le miro a los ojos y cuando veo que los cierra y se relaja, siento que ya es mío. Me pongo de pie, me vuelvo a remangar la falta y me siento sobre su gordita y chiquitita polla. Comienzo a montarle y me dejo llevar. Me tengo que entregar al cien por cien. Si no lo hiciera sospecharía. Coloco mis manos detrás de su nuca y le cabalgo salvajemente. Primero boto sobre él mientras le muerdo la lengua, después hago círculos con mi cadera sobre su miembro y le como él cuello. Él comienza a jadear también y siento que se va a correr, así que en ese momento acelero y ¡grito más fuerte de placer! Grito para él, para que desconecte, para que disfrute, para que baje la guardia.

~ ¡Sigue Xin! ¡Sigue! ¡AAAHHH! Me encanta, me corro. ¡SÍ XIN SI!

Él ciñe sus manos a mi cintura, la agarra con muchísima fuerza, mueve su cadera para aumentar la velocidad de las penetraciones, me mira a los ojos y veo que está en puro éxtasis. Le incito más.

~ ¡Córrete Xin! ¡SÍ! ¡AAAHHH! ¡AAAHHH!

Y unos segundos antes de que llegue al orgasmo, desenredo mis dedos que estaban detrás de la nuca. Con una mano le agarro salvajemente el pelo como si estuviera en éxtasis puro y, con la otra, quito la bolita de la punta del alfiler y se la clavo en el cuello. Él no se da cuenta del pinchazo pero el mortífero veneno ya está en su organismo. Diez segundos después, su cabeza se cae hacia atrás y muere.

Yo me levanto, rebusco en sus bolsillos, me pongo mis braguitas de nuevo, cierro la puerta del baño y recojo todas las cosas. En la calle hay un coche esperándome. Mis compañeros me preguntan si estoy bien, me ayudan a quitarme la peluca y otros complementos y me dan un nuevo pasaporte con nombre falso para sacarme del país tras concluir mi placentera misión.



Leave a comment